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    • Re: ¡Salvemos AlfredoDeHoces.com!

      Muy bueno!!! Yo fui de los que les hice un presupuesto 10 veces inferior y los seguidores me decían que me había flipado.(...)

      10/11/08 05:11 by Jordi
    • Que salven también a Sensu.es xD

      Yo también voy a tener que hacer lo mismo que tu, pedir dinero para financiar la web http://sensu.es, que me cuesta(...)

      10/11/08 05:11 by Irnomen
    • Re: ¡Salvemos AlfredoDeHoces.com!

      Te falta poner un "pesetometro" al uso y así poder medir cuán grande es tu rostro! pero no creo que alcances la(...)

      10/11/08 06:11 by Jorge E.
    • Re: ¡Salvemos AlfredoDeHoces.com!

      Ahivalahostia! He ido a echar mano de la cartera para donarte 2.0 euracos (que no es mucho, pero es lo adecuado a los(...)

      10/11/08 06:11 by Picacodigos
    • Re: ¡Salvemos AlfredoDeHoces.com!

      Estoy dispuesto a donar kilo y cuarto de zanahorias para insulflarle a tu proyecto la fortaleza de la hortaliza. Güi can,(...)

      10/11/08 06:11 by JRMora
  • Revisando entradas: La columna

    ¡Salvemos AlfredoDeHoces.com!

    Archivado en Actualidad, La columna, Opinión, Payasadas por adehoces, 10 de Noviembre de 2008

    Hermanos, es triste de pedir, pero más triste es de cerrar. Un cúmulo de desafortunadas circunstancias me obliga a pedir ayuda al más puro estilo 2.0 para no tener que cerrar este vuestro chiringuito. Son más de cuatro años juntos ya. Es mucho lo vivido, incontables los entrañables recuerdos, insuperables esas tardes lluviosas de domingo, esos largos paseos por la playa cogidos de la mano, vosotros y yo. Esta web no es sólo una web; es la santa casa que ha sido testigo mudo de nuestro amor. Y si tengo que cerrar, todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.

    Total, queridos amigos, que ahora os toca arrimar el hombro un poquito. Necesito reunir cuatrocientos mil euros en menos de dos semanas para salvar este proyecto. Si eres uno de esos suspicaces mal nacidos que piensan que me voy a quedar con la pasta, te diré que yo de los cuatrocientos mil no voy a ver un chavo. Yo no pido para mí, y eso que hace ya quince días que no como y sólo bebo agua del grifo. No, yo pido para poder pagar nóminas y cubrir gastos hasta la próxima ronda de financiación, dentro de cuatro meses. Pido para poder alimentar a este maravilloso equipo humano que con cariño y tesón hace posible cada día el milagro de esta web; esas personas que tejen mis escritos con la dorada sustancia de la que están hechos los sueños.

    Sí amigos, mantener AlfredoDeHoces.com cuesta cien mil euros mensuales. Si eres uno de esos ignorantes envidiosos que pueden llegar a pensar que cien mil euros mensuales son muchos euros, te diré que no tienes ni la más remota idea de economía ni de administración de blogs. Detrás de esta página hay un equipo de profesionales como la copa de un pino que trabaja día y noche para que todo salga bien. Redactores, correctores, entintadores, maquetadores, abogados, relaciones públicas, catering, maquillaje, vestuario, y uno que toca la pandereta. Todos ellos trabajando por amor a vosotros y al arte y cobrando el salario mínimo que les permita comer y dormir lo justo para seguir currando. El hosting tampoco es precisamente barato; no se si os habéis dado cuenta de que en AlfredoDeHoces.com se usan tecnologías punteras. Los textos se alinean automáticamente a la izquierda, y algunos posts contienen imágenes (¡imágenes!) en jpg. Todo este derroche de tecnología que día a día hace más interesantes vuestras vidas tiene un coste asociado. Pero claro, si eres uno de esos bastardos analfabetos sin experiencia en web 2.0, no puedes conocer los entresijos y pormenores de esta extremadamente compleja materia.

    Si eres uno de esos repugnantes peseteros capaces de argumentar que hay otros blogs muy buenos y además más baratos, es que te ciega la estupidez y no eres capaz de ver que AlfredoDeHoces.com no es un blog al uso: es una apuesta innovadora, rompedora, un referente, un paradigma, un, un… Vamos, es que me cabreo sólo por tener que explicarlo. AlfredoDeHoces.com ha sido un proyecto pionero que ha dejado plantadas y bien plantadas las sinergias que sentarán las bases del que será el marco idóneo en el que habrán de florecer los pilares que sostendrán la plataforma en la que se darán las circunstancias óptimas para que se conexionen las entelequias primordiales que garantizarán un futuro en el que todos los blogueros la tendrán de a kilo y mearan colonia. Ahí es nada.

    Y si eres uno de esos fracasados resentidos cegados por la mala leche y no se te ocurre otra cosa que pensar, estúpido de ti, que si ahora estoy apretadillo es que algo he hecho mal, he de decirte que AlfredoDeHoces.com es, ha sido y siempre será, un proyecto viable. Nuestros asesores económicos así lo confirman. Este proyecto es la absoluta panacea. La polla en vinagreta, vaya, y cualquiera con dos dedos de frente y las cuentas en la mano (y que por supuesto no sea uno de esos perdedores que a lo único que aspiran en la vida es a ver fracasar al vecino) así lo confirmará sin dudarlo un instante. De hecho están interesados en financiar el proyecto el mismísimo Bill Gates, Steve Jobs, la familia Bin Laden y un señor de Cuenca. Vamos, que esto es un no parar de generar beneficios.

    Qué ha pasado entonces, se preguntará aún algún insidioso y suspicaz individuo que a costa de ver pasar la vida sin mojar nunca el churro ha acabado volviéndose un completo paranoico. Pues que la mala suerte se ha cebado con el proyecto, simplemente. Todo estaba atado y bien atado, pero un buen día Plutón deja de ser un planeta (¿quién podría haber tenido previsto algo así?), luego va y sube el carburante, para colmo de males el equipo de alevines de San Serenín del Monte va y pierde en cuartos de final contra el Caramelos Drácula y, por si todo este cúmulo de circunstancias no fuese ya suficiente como para hundir a la corporación más sólida, en Estados Unidos van y eligen de presidente a un negro. Pa fliparlo.

    Es por esto que me veo obligado a apelar al solidario buenrollismo internetero que os caracteriza y pediros que entre todos reflotéis el barco. Que además ahora está muy de moda. Si el nuevo presidente de los USA se ha financiado la campaña a través de donaciones Internet, no veo por qué no podría hacerlo yo, que además estoy aquí para cambiar el mundo.

    Puedes realizar tu donación (la voluntad, €100 sugeridos), pulsando en el enlace al final de ala entrada:

    Si eres uno de esos asquerosos trolls que consagran su patética vida a ir por ahí criticando, difamando y haciendo daño a los hombres de bien, no te molestes en escribir ningún comentario. Si no eres capaz de ver la belleza y el romanticismo implícitos en todo esto, es que eres una persona triste de alma negra y me compadezco de ti. Me das pena. De hecho, creo que voy a llorar ahora mismo. Y luego rezaré por tu alma.

    PD. Ni que decir tiene que el propósito de esta entrada es en modo alguno publicitario o viral. Faltaría más. Vamos hombre. No sé ni cómo se te ocurre pensarlo. Pero hombre de dios, ¿qué clase de persona crees que soy? Pero vaya, que si lo mandas a menéame, o algo, pues nada, chachi-piruli-dos-punto-cero.

    [¡Salvemos AlfredoDeHoces.com!]

    Premios 20blogs III

    Archivado en La columna, Noticias por adehoces, 15 de Octubre de 2008

    Ya se puede votar en la III convocatoria de los Premios 20blogs organizada por 20minutos. Estoy inscrito en la categoría “Mejor blog personal”.

    Si quieres darme tu voto, pulsa aquí:


    ¡Gracias!

    Embrujo en la nieve

    Archivado en La columna por adehoces, 20 de Agosto de 2008

    Columna publicada en el diario El Avance
    de la Axarquía en Agosto de 2008

    Era medianoche y llovía sobre Estocolmo. El tren acababa de ponerse en marcha y aún se movía lento. Estábamos cansados, había sido un día muy largo. Habíamos volado de Dublín a Amsterdam, de ahí a Estocolmo, y todavía nos quedaban seis horas de tren hasta llegar a Östersund. Contemplábamos la noche desde la ventana y recordábamos años pasados. Hablábamos de cómo las circunstancias habían acabado llevándonos a todos lejos de casa. Ya no éramos un grupo de amigos que repartían pizzas, daban clases particulares o ponían copas para costearse las carreras; habíamos partido en busca de futuro y ahora éramos informáticos en Irlanda, telecos en Suecia, biólogos en USA. Lejos quedaban ya esas soleadas tardes malagueñas con música de vencejos, esas rondas nocturnas por los callejones del centro, el mirar arriba y ver la Alcazaba, con su romántica luz del pasado, haciendo mora nuestra luna y brujas nuestras noches. Ahora todos vivíamos lejos y para tomar unas cervezas juntos teníamos que pedir vacaciones y coger dos aviones y un tren.

    Emilio había sido el último en partir. Hacía mucho que tenía el amor en Suecia y todos sabíamos que tarde o temprano daría el salto. Terminó la carrera, preparó una maleta con algo de ropa, unos cuantos libros y casi treinta años de recuerdos, y se llevó sus ilusiones  a una pequeña ciudad sueca a mitad de camino entre Málaga y el Polo Norte.

    Abrí los ojos a las seis de la mañana y creí estar aún soñando. Una tenue luz azulada teñía de paz el interior del vagón; la gente dormitaba en sus asientos mecidos por el monótono vaivén del tren. Miré por la ventana: un océano de nieve y pinos se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Detrás del horizonte el sol despuntaba sus primeros rayos, que a veces conseguían colarse entre los árboles y acariciarme la cara haciéndome entornar los ojos. Parecía que hubiésemos llegado a la silenciosa cima del mundo, donde todo es blanco y puro y bañado en oro. Me quedé largo rato contemplando el paisaje con una sonrisa de gratitud; eterna gratitud a la madre naturaleza por derrochar belleza. En eso el tren empezó a aminorar la marcha. Estábamos llegando a Östersund.

    Nos forramos de ropa, nos calzamos las botas y nos apeamos del tren. Emilio nos esperaba en la estación con su perpetua sonrisa y sus incombustibles ganas de vivir. No hacía falta preguntarle cómo estaba: derrochaba felicidad, como siempre. Nos encaminamos a su apartamento. Las casas, las calles, los jardines, los bosques… todo estaba cubierto por un apacible manto blanco. El aire frío purificaba mis entrañas. Yo miraba a mi alrededor con ojos de asombro, como un niño que descubre el mundo por primera vez. Eché a correr y me arrojé a la nieve. Quedé tumbado boca arriba, mirando al cielo, con los brazos abiertos. Quería fundirme con aquel tranquilo paraíso helado.

    La pequeña ciudad de Östersund es como el pueblecito de cuento donde nunca muere la inocencia ni se apagan las chimeneas. Las casas, los árboles, todo allí es madera bañada de blanco; caprichosas figuras de hielo azul decoran las cunetas. La tarde es oscura y los escaparates derraman su luz dorada sobre las aceras. Se diría que allí siempre es Navidad. Los niños juegan en la nieve, con sus guantes y sus orejeras y sus gruesos abrigos de plumas. Las abuelas se sientan junto al fuego y se entretienen mirando por la ventana, contando las ardillas que se corretean por el jardín. Los jóvenes pasean sus idilios por el lago y cuando cae la noche vuelven a sus apartamentos enmoquetados y cenan con luz suave y música romántica.

    Cinco días estuvimos disfrutando del sosegado estilo de vida de aquel lugar donde todo era orden y respeto. Paseamos en silencio por el bosque una mañana azul oscura y luego tomamos té y pasteles en una cafetería con velas en las mesas. Cruzamos a pie el lago helado para llegar a una colina donde pasamos la tarde entera deslizándonos una y otra vez en pequeños artilugios de plástico. Nos fuimos de excursión a la montaña y nos metimos en una cueva de hielo verde que se había formado bajo una cascada. Visitamos una fábrica de chocolate, luego fuimos a un hotel donde nos bañamos en una piscina al aire libre y corrimos en bañador por la nieve para asombro de los civilizados suecos. Bebimos en bares llenos de vida a los que llegamos por oscuras calles mojadas y solitarias. Nuestras risas parecían ser las de siempre, pero me daba la impresión de que el último instante de nuestras sonrisas siempre tenía una capa casi imperceptible de amargura. No pude evitar plantearme si ahora que había cambiado todo también habíamos cambiado nosotros. ¿Nos habrían pasado la factura el tiempo y la distancia? ¿Seguíamos siendo los mismos, o nos habíamos dejado pedazos del alma por el camino? ¿Qué precio habíamos pagado por nuestro futuro? Pensé en la posibilidad de volver a donde siempre y no sentirlo como siempre, y por un momento sentí pánico. ¿Y si nuestra tierra ya no era la que era? ¿Y si ya no podíamos volver nunca al mismo lugar? ¿Y si estábamos perdidos en el tiempo?

    De todo ello hablábamos la última noche en el apartamento. Afuera hacía cinco bajo cero. La luz de una solitaria farola plantada en la nieve apenas alcanzaba a atravesar la densa niebla. Tras las ventanas la noche negra congelaba el aire; dentro de casa una pequeña radio pintaba de nostalgia el vacío. Por algún motivo la música suena mejor en el frío. Las notas suenan puras, cristalinas, resplandecen como rayos de sol despuntando en el hielo. Y allí estábamos nosotros, tres malagueños, vaciando cerveza tras cerveza y escuchando a Serrat y Sabina. Emilio rememoraba como, estando en la playa la tarde antes de coger su vuelo sin retorno, a la hora de volver a casa él volvía a tirarse al agua una y otra vez porque no quería que ninguna vez fuese la última. Antonio recordaba que después de aquellos largos días de duro trabajo le bastaba media hora corriendo descalzo por la arena, respirando hondo el aire del mar, para recuperar las fuerzas y la sonrisa. Yo me acordé de esos últimos metros en el aeropuerto antes de cruzar el control de seguridad. Me abracé con mis padres y mi hermana. A mi madre se le quebró un poco la voz al decirme adiós, y yo cerré los ojos, me di la vuelta y me fui sin mirar atrás porque sabía que si la veía llorar no sería capaz de coger ese avión. Sí, a todos nos dolía la distancia.

    Entonces Serrat y Sabina se arrancaron por rumba. Cuatro acordes, un golpe sordo a la guitarra, y a mi se me escapó un ole que me salió del alma. No pudimos ni quisimos evitarlo. Dejamos de hablar y nos unimos a la música. Redoblamos las palmas, marcamos el son golpeando entre nuestras piernas la madera de las sillas. Reímos y jaleamos. No estábamos muertos, no, estábamos de parranda. Acabó la rumba y seguimos la fiesta. Sacamos más cervezas y pusimos más canciones. Yo quiero encontrar la felicidad y olvidar el olvido, nos cantaba Muchachito, que estaba perdío. Sé de un lugar donde brotan las flores para ti, donde el río y el monte se aman, donde el niño que nace es feliz, lloraba la voz triste y profunda de Triana. Nosotros también sabíamos de ese lugar. Paco de Lucía nos llenó de magia por bulerías; las sentidas notas de su guitarra nos devolvieron el eco de la Alcazaba, el embrujo, el misterio. Afuera hacía frío, pero a nosotros nos calentaba la sangre mora y gitana forjada en la hoguera del tiempo, entre los muros de piedra de silenciosos palacios, en patios de naranjos bañados de luna, en caminos de polvo y arena, en sórdidas tabernas de madera húmeda de vino. Sangre de hombres y mujeres que han amado la tierra con pasión, que han bailado sin miedo ni pudor la danza de la vida. Sangre misteriosa y noble, caliente y amarga.

    A la luz de la música pudimos ver por un instante nuestro futuro. El regreso, el reencuentro, los brazos abiertos de la familia que nunca nos sintió lejos. Seremos maridos, seremos padres. Viviremos cerca del mar y cenaremos juntos a la luz de un farol. Nos esperan largas noches de pasión y vino. Y seguiremos siendo los de siempre, porque al duende no lo matan los siglos, ni la distancia, ni la nieve.

    El paraíso en la colina

    Archivado en La columna por adehoces, 24 de Junio de 2008

    El tiempo pasa y algunas cosas se van para no volver. Procuro no pensar en ello, pero ayer no tuve más remedio. Sus padres han vendido la casa donde vivimos nuestro idilio.

    Hace catorce años de todo aquello. Era Junio, me faltaban siete u ocho días para cumplir los veinte. Estaba yo en casa preparando algunos exámenes de la carrera cuando me llamó la novia de un amigo; quería venir a imprimir un trabajo con una compañera de clase. Al par de horas sonó el timbre. Abrí la puerta y me quedé petrificado en el pasillo: una delicada criatura de ojos azules, piel dorada y con el pelo más rubio que había visto en mi vida esperaba en la entrada. Nos presentaron, intercambiamos un par de frases y su suave acento francés terminó de enamorarme. Pasé los días siguientes sin comer ni dormir, tan solo respirando su nombre y apretando los dientes para que no se me saliera el corazón por la boca.

    Vino al bar donde celebraba mi cumpleaños y fue el mejor regalo que pude haber recibido aquella noche. Pasamos horas charlando y bebiendo cervezas. La música estaba alta, así que nos hablábamos muy de cerca. A cada frase acortábamos un milímetro la distancia. Al final nuestras mejillas se rozaban y su aliento me acariciaba el oído poniéndome los vellos de punta. En un determinado momento la cogí de la mano para rescatarla de un tipo impresentable al que le sobraban cinco copas. Me dijo algo, hubo un beso apenas perceptible y cogidos de la mano nos escapamos de aquel bar y del mundo.

    Volví a casa al amanecer, me metí en la cama y dormí sin ropa ni sábanas, agarrado a un pedazo de papel con su nombre y su teléfono, flotando en su olor y arropado por los besos que aún me hormigueaban por la piel. Reviví una y otra vez la noche en mis sueños; no podría haber soñado nada mejor. Desperté al mediodía, me senté junto al teléfono y conté los segundos hasta que dieron las cinco. La llamé, quedamos para cenar, y ya no nos separamos en todo el verano. Su casa, mi casa, los bares, la playa, el campo… Las noches que no dormíamos juntos acordábamos la hora de ir a la cama y hablábamos por teléfono hasta que nos vencía el sueño.

    Sus padres casi siempre pasaban fuera el fin de semana y yo me quedaba en su casa. Era una villa inmensa escondida entre los árboles sobre una colina en la costa. Solíamos pasar la tarde charlando en la piscina, y en el mundo para mí no había más que sol y agua y sus ojos azules. Iba cayendo la noche y nos quedábamos abrazados sobre el césped, enroscados en una toalla, hasta que no podíamos aguantar el frío; entonces volvíamos dentro y pasábamos una hora en la bañera. Luego cenábamos en la terraza tan sólo iluminados por unas velas y la ondulante luz de la piscina. Bebíamos vino tinto y hablábamos bajito para no perturbar el murmullo del campo. Casi siempre la última copa de vino la tomábamos sobre la mullida alfombra del salón, escuchando música suave. A ritmo de blues y jazz nos desnudábamos lentamente, nos besábamos, nos mordíamos y nos lamíamos, y ella siempre sabía a mar y a sales de baño, y yo siempre me ponía a temblar justo antes de agarrarla por la cintura y meterme muy suavemente entre sus piernas.

    Más tarde bajábamos al dormitorio por la estrecha escalera de ladrillos rojos. Dejábamos abierta una ventana por donde se colaba la pálida luz de la noche y nos metíamos bajo las sábanas a conversar en susurros. Nos acariciábamos y sentíamos esa fina capa de sol que en verano se mete bajo la piel. Enseguida caíamos en un placentero sopor que daba paso a un profundo sueño. Yo solía despertarme de madrugada, y me gustaba asomarme a la ventana a respirar la brisa y escuchar el monótono canto de los grillos, esos pequeños músicos nocturnos que parecen querer salpicar de estrellas el silencio. A veces a ella la despertaba mi ausencia y venía a abrazarme a la ventana; fumábamos un cigarro a medias y volvíamos a la cama.

    Saboreé cada segundo de aquel verano, pues ella era estudiante de intercambio y al llegar el nuevo curso tendría que volver a Bélgica. En poco más de dos meses viví el amor de toda una vida; a veces conseguía olvidar que nuestro idilio tenía los días contados y era el chaval más feliz del mundo. Pero acabaron llegando las despedidas, las lágrimas, la distancia, las cartas que cada vez se hacían esperar más, y al final la ruptura, el dolor y el intenso vacío, el sinsentido, el no encontrar razones para levantarse de la cama.

    La vida siguió su curso. No supe nada de ella durante muchísimo tiempo. Supuse que alguna vez volvería de vacaciones a la villa de sus padres, pero nunca me atreví a marcar de nuevo aquel número de teléfono que me sabía de memoria. Alguna vez oí su nombre de labios de algún amigo común, y sólo pude guardar silencio y apretar los puños para aguantar el dolor. Su recuerdo era un cuchillo incandescente en mis entrañas. Hice esfuerzos sobrehumanos para olvidarla. Nunca lo conseguí.

    Pasaron ocho largos años en los que todo cambió mucho a mi alrededor. La vida se me llevó algunos amigos y me trajo un montón de responsabilidades y de facturas. Cambió el mundo y cambié yo sin darme cuenta. Y un buen día, el viento me trajo una dirección de correo electrónico con nombre francés. Me lo pensé mucho, y al final le escribí. Apenas tres líneas escuetas. Respondió esa misma tarde, tan encantadora y dulce como siempre. Pronto vendría de vacaciones; quedamos en vernos.

    Cuando llegó el momento estuve a punto de cambiar de idea, pero decidí que iría a visitarla a la casa de la colina. Aquello me costó un disgusto con mi novia de entonces.

    Nos vimos en la estación de tren. El corazón me dio un vuelco; me pareció que ella no había cambiado nada. Nos fundimos en un abrazo que acabó en hondo suspiro y de camino a su casa nos fuimos poniendo al día. No podíamos dejar de sonreír. Paseamos a la sombra de los pinos y llegamos a la villa; cruzamos la verja y cuando ella abrió la puerta principal, el olor tan característico de aquella casa abrió de par en par las puertas de mi memoria. La madera de los muebles, el ladrillo rojo siempre húmedo del agua de la piscina, el césped mojado, el cloro, las flores del jardín, los pinos lejanos, el tabaco, el ambientador verde, la colección de caracolas… aquella mezcla de aromas me hizo volver a sentirme como el chaval con pelo largo y piercings que un día fui, un chaval alegre y despreocupado que iba por la vida con una ceja levantada, un paquete de Fortuna y una edición de bolsillo del Así Habló Zaratustra.

    Me alegré muchísimo de ver a sus padres; estaban estupendamente. Comimos juntos y charlamos largo y tendido. Cuando me quise dar cuenta volvía a tener veinte años y me había vuelto a enamorar de la vida y de esa criatura dulce de ojos azules y piel dorada que hablaba con suave acento francés. Llegó la noche y bebimos vino, y en un momento ella me cogió la mano y dijo “es como si no hubiera pasado el tiempo”, y yo asentí sin poder decir nada porque tenía un nudo en la garganta.

    En ese momento me di cuenta de cuánto significaba para mí aquel lugar. Todo podía cambiar al paso de los años, pero yo sabía que había un paraíso escondido entre los pinos con un jardín donde cantaban los grillos y un dormitorio donde las noches duraban siempre. Volver a aquella casa era volver a aquel verano en que viví toda una vida, a aquel universo perfecto que giraba alrededor de dos chiquillos enamorados.

    Ayer me enteré de que la casa se ha vendido. Me parte el alma imaginar la mudanza: unos señores anónimos con mono azul que se llevan las mesas, las sillas, las caracolas, la alfombra donde tantas veces caí exhausto; las habitaciones que se quedan vacías, muertas, sin ese olor capaz de transportarme en el tiempo. Ya nunca volveré a ver caer la noche sobre el jardín, ni a bajar al dormitorio por las escaleras de ladrillo rojo. Ya no queda nada de mi vida detrás de la puerta.

    La vida sigue, y el tiempo borra las huellas que dejamos en la arena. Con esa casa se me va un mundo entero que ya no existe más que a jirones en mi memoria. Y lo peor es que, por más que lo intento, no consigo recordar aquel número de teléfono que tantas veces marqué antes de irme a la cama.

    Me duele el mar

    Archivado en La columna por adehoces, 15 de Febrero de 2008

    Columna publicada hoy en el diario
    El Avance de La Axarquía
    (versión impresa, pdf 269Kb)

    Recuerdo que de niño contaba los días que faltaban para fin de curso. Tras el último día de escuela volvía corriendo a casa, metía en una mochila mis tebeos favoritos y esa pequeña libreta donde mis buenos amigos del colegio me apuntaban sus direcciones al lado de emotivas promesas de amistad eterna, y me sentaba en el sofá a esperar impaciente a mis padres, que preparaban las maletas. Ya de noche, cuando todo estaba listo, nos metíamos en el coche y partíamos a Torre del Mar, dejando atrás el centro de Málaga. Mi hermana y yo pasábamos todo el viaje inventando cancioncillas tontas y contemplando el costero paisaje que nos brindaba la carretera antigua. Por fin, tras una hora que siempre se me hacía interminable, aparcábamos el coche en el Paseo de Larios y subíamos las cosas al apartamento. Yo me dejaba embriagar por la brisa nocturna, esa brisa cálida que huele a arena húmeda y a fuego, esa brisa que es la caricia del mar. Por fin de vuelta, me decía. El mar siempre fue más mi hogar que la tierra. Tenía la sensación de que el verano no acabaría nunca; pero septiembre siempre llegaba y regresábamos a Málaga por la carretera antigua, y mi hermana y yo guardábamos silencio y contemplábamos la mar revuelta a través de una ventana salpicada de lluvia. Qué lento parece pasar el tiempo cuando eres niño; y un buen día te miras al espejo y tienes treinta años y un montón de canas y tienes que bajar a la playa a buscar tus recuerdos.

    Frente al mar jugué con mi hermana hasta caer exhausto; frente al mar lloré de risa en compañía de mis mejores amigos. A orillas del Mediterráneo, una noche de San Juan, me besé apasionadamente con una mujercita que se me llevó la virginidad y a la que no volví a ver nunca. En un mar negro pintado de estrellas me bañé desnudo con aquella rubia belga a la que tanto quise; ella me abrazó y me susurró al oído un te quiero dulce y salado que me caló hasta lo más hondo. El mar también me ha visto llorar. Aquella tarde en que supe que había dejado de ser niño bajé a la playa, me senté en la orilla y me aferré con fuerza a la arena, pero la infancia se me escurrió por entre los dedos y me arrancó dos lágrimas amargas que se llevaron las olas. Cada vez que la vida me ha roto en pedazos he ido a esconderme al Puerto de La Caleta. Allí, en mi rincón del mundo, he pasado largas tardes viendo partir a los pesqueros con su estela dorada y su corte de gaviotas, buscando respuestas en el horizonte. El mar me ha enseñado que siempre viene la calma tras las tormentas de la vida; que siempre hay otro verano, otro atardecer, otro barco, otro amor. También recuerdo que una vez el mar, enfadado, estuvo a punto de matarme. Pero lo perdoné, porque al mar, como a todo lo que se ama profundamente, se le perdona todo.

    Ahora vivo muy lejos y aquí casi siempre es septiembre. Ya no hay mar detrás de mi ventana salpicada de lluvia, y los atardeceres ya no huelen a hogueras lejanas. Soy feliz, pero hay veces en que el mar me duele, y el alma se me revuelve y se me ahoga como un pez fuera del agua. Entonces solo quiero volver, pero la vida aún no me deja. Quizás aún falten muchos años o quizás no suceda nunca. Por si acaso he dejado escrito que, cuando muera, quiero que me incineren y que arrojen mis cenizas al Puerto de la Caleta. Me gusta pensar que algún pesquero se llevará mi alma enredada en su estela dorada, y que las gaviotas me acompañarán mar adentro, a reencontrarme con mis pedazos rotos, con mis lágrimas, con esos amores a los que no volví a ver nunca, con todos esos compañeros que un día me juraron amistad eterna. Volveré entonces a ser niño y jugaré con mi hermana hasta caer exhausto, lloraré de risa con mis mejores amigos, y siempre será verano y ya no me dolerá el mar.