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    • Re: ¡Salvemos AlfredoDeHoces.com!

      Muy bueno!!! Yo fui de los que les hice un presupuesto 10 veces inferior y los seguidores me decían que me había flipado.(...)

      10/11/08 05:11 by Jordi
    • Que salven también a Sensu.es xD

      Yo también voy a tener que hacer lo mismo que tu, pedir dinero para financiar la web http://sensu.es, que me cuesta(...)

      10/11/08 05:11 by Irnomen
    • Re: ¡Salvemos AlfredoDeHoces.com!

      Te falta poner un "pesetometro" al uso y así poder medir cuán grande es tu rostro! pero no creo que alcances la(...)

      10/11/08 06:11 by Jorge E.
    • Re: ¡Salvemos AlfredoDeHoces.com!

      Ahivalahostia! He ido a echar mano de la cartera para donarte 2.0 euracos (que no es mucho, pero es lo adecuado a los(...)

      10/11/08 06:11 by Picacodigos
    • Re: ¡Salvemos AlfredoDeHoces.com!

      Estoy dispuesto a donar kilo y cuarto de zanahorias para insulflarle a tu proyecto la fortaleza de la hortaliza. Güi can,(...)

      10/11/08 06:11 by JRMora
  • Revisando entradas: Fuckowski, memorias de un ingeniero

    El pirita

    Archivado en Fuckowski, memorias de un ingeniero por adehoces, 11 de Enero de 2007

    I

    Nos llevaban diciendo todo el año que la empresa iba viento en popa. Todo eran gráficas ascendentes: cada vez más clientes, más facturación. También cada vez más trabajo; por eso contrataban personal de ventas contínuamente. Cada diez o doce días veíamos aparecer caras nuevas, aunque a mí me parecían los mismos perros con distintas corbatas. Ese traje, ese portátil, esa sonrisa agresiva, esas prisas, esa manía de vociferar obviedades al teléfono, ese insufrible tono de “esto es de vital importancia” en cada email. El que siempre llevaba corbata rosa nos había escrito hacía unos días para indicarnos que debíamos cambiar el tipo de letra de la firma de nuestro programa de correo. La carta de Einstein al presidente Roosevelt advirtiéndole de la posibilidad de que Hitler estuviese a punto de desarrollar la bomba atómica estaba redactada en un tono más desenfadado.

    Lo que los ingenieros no nos explicábamos era por qué, a pesar de los inmejorables resultados financieros del año, nos habían reducido drásticamente el bonus de Diciembre. Casi todos esperábamos recibir una explicación en la reunión. Era otra de esas interminables reuniones en las que nos cuentan lo chulos que somos y lo gorda que la tenemos. El de la corbata rosa no llevaba hablando ni diez minutos y yo ya estaba totalmente saturado. Me abstraje, se me fue el santo al cielo y muy oportunamente me acordé del pirita.

    En los primeros dos o tres años de colegio ningún niño hacía nada. No éramos nada, sólo lienzos en blanco dispuestos a ser engorrinados miserablemente. Por lo general callábamos y nos mirábamos. Al tiempo las personalidades de cada uno empezaron a dibujarse; muchos niños comenzaron a actuar, a expresarse, a diferenciarse. Uno hacía reír, otro cantaba, otro corría más rápido que nadie, otro saltaba más alto, otro hacía agudas observaciones sobre las cosas, otro siempre respondía correctamente a las preguntas de los profesores. Había un niño que era capaz de chuparse su propia nariz, otro que escupía por la ventana y llegaba al edificio de enfrente, e incluso uno que se había leído un libro entero, sin dibujos, y al parecer le había gustado. Se estaban gestando nuestras identidades.

    Otros niños siguiéron simplemente callando y mirándose. De ellos no se hablaba; se hablaba de los que por algún motivo destacaban. Destacar era bueno: mucha gente sabía tu nombre, te sonreía, te saludaba. Ya no te sentías un lienzo en blanco; eras algo. Algo bello, o quizás algo original, o puede que simplemente algo, pero algo eras. Y se te reconocía. A veces conseguías una caricia o un beso furtivo, y entonces sentías algo grande que no alcanzabas a entender, pero hasta la última de tus células gritaba: por ahí vamos bien, chaval. La supervivencia de la especie está en juego.

    Un día se me acercó un niño de los que siempre callaban y miraban. Yo no sabía su nombre. Mira, me dijo con aire misterioso. Se sacó del bolsillo un pedacito de metal dorado y me lo acercó. Me quedé mirando la minúscula bolita dorada unos instantes. Estaba mugrienta. Los dedos de aquel niño también. Levanté la mirada; su cara también estaba mugrienta. Me miró muy serio y me habló en voz baja, como si me estuviera revelando un importantísimo secreto:

    -Esto no es oro –hizo una pausa-. Es pirita.

    Se quedó inmóvil unos segundos y se volvió a meter el pedacito mugriento en el bolsillo. Me miró, arqueó las cejas y se marchó con una sonrisa. Yo me quedé pensativo, sospechando algo. No sabía lo que era la pirita; suponía que nadie con siete años lo sabría. Pero aquel niño sí. Y tenía un trozo. Tenía que ser un gilipollas.

    No le pregunté su nombre, no me interesaba. Para mí aquel chaval anónimo paso a ser el pirita. A veces lo veía en el patio del colegio. Siempre andaba enseñándole a alguien su bolita mugrienta; los niños reaccionaban con interés, cogían la bolita para verla de cerca, se la pasaban unos a otros y se la devolvían al pirita, que sonreía satisfecho.

    Tardé un tiempo, pero al final saqué mis conclusiones. El pirita también quería destacar, pero no corría más rápido ni saltaba más alto que nadie. Cuando te enseñaba aquella bolita, automáticamente pensabas que era oro. Él te sacaba de tu error. Oh, habría jurado que era oro, te decías. Y si tú estabas equivocado y él no, él tenía que ser más listo que tú. Tú eras un alumno de EGB que despues del colegio se iba a casa a merendar pan con Nocilla viendo Barrio Sésamo. Al pirita lo recogía un helicóptero y se iba con sus padres, que eran unos científicos aventureros llamados Thomas y Linda, a explorar el Amazonas. En una de sus innumerables aventuras se habían perdido huyendo de la tribu de los temibles Potiguara (“comedores de hígados”), habían atravesado a nado el Orinoco sorteando cocodrilos y tiburones de agua dulce y luego se habían escondido en el volcán de las tarántulas pardas, donde encontraron por casualidad la entrada a la cueva del gran escorpión verde. Al fondo de aquella oscura gruta observaron un resplandor dorado. Se arrastraron por el suelo silenciosamente para no despertar a los sanguinarios murciélagos mutantes, y al llegar al fondo de la gruta se dieron de bruces con el escorpión, que medía tres metros, justo cuando el volcán entraba en erupción. Thomas se aferró al enorme aguijón verde y Linda saltó por entre las pinzas del escorpión en dirección a la resplandeciente veta dorada. En una de las paredes se abrió una grieta que empezó a escupir lava incandescente. Linda dirigió una mirada rápida a la pared, pero se armó de valor y volvió a la veta dorada. Parecía estar poseída. De pronto se oyó:

    -¡¡¡Mamá, no!!! ¡¡¡Es pirita!!!

    Linda salió del trance y los tres huyeron a toda velocidad, perseguidos por un río de lava y un escorpión gigante. Se colaron por un agujero inesperado y acabaron cayendo por las cataratas cristalinas a lo más profundo del lago de las sanguijuelas sedientas. Ya en la orilla del lago se arrancaban las sanguijuelas y sonreían aliviados mientras caía la tarde sobre la jungla. Pero, ¿como supiste que era pirita?, preguntó Linda a su hijo. Él la miró, arqueó las cejas y se alejó en silencio hacia el crepúsculo.

    Todo eso parecía insinuar el pirita, y la gente parecía creérselo. Yo pensaba que no era más que un gilipollas que llevaba en el bolsillo una bolita de mierda.

    II

    El de la corbata rosa seguía hablando de motivación, de esfuerzo, de estrategias de venta: es un mercado difícil y todos quieren un pedazo del pastel. Es una carrera, y hay que llegar el primero. De pronto nos miró muy serio y formuló una pregunta:

    -En esta carrera, ¿quién creéis que se lleva el pedazo más pequeño del pastel?

    Segundos de silencio. Suspense, intriga. El último, susurró alguien. El de la corbata rosa sonrió maliciosamente, esperó unos instantes y dijo en voz baja, como revelando un importantísimo secreto:

    -El segundo –hizo una pausa-. En esta carrera, el segundo no se lleva nada.

    Más silencio. Expresiones de sorpresa. Pues yo habría jurado que era oro, me pareció oír.

    -Somos muy buenos. Pero tenemos que ser los primeros –sentenció.

    Luego llegó otro tipo parecido al anterior pero con corbata verde y nos hizo visionar un montón de gráficas en la pantalla mientras soltaba una monserga sobre el éxito de nuestro producto. De pronto apagó el proyector, nos obsequió con una sonrisa de complicidad y dijo:

    -Tengo que confesaros algo.

    Yo soy el hijoputa que os ha reducido el bonus, pensé. La gente se miraba intrigada. El tipo se sentó en la esquina de una mesa y cruzó las piernas dejándonos ver uno de sus calcetines. Respiró hondo y dijo:

    -Somos una empresa muy odiada.

    Pausa. Dios mío, quién lo hubiera dicho. ¡Esto es el fin! ¡Con lo chachi que nos creíamos! ¡Estamos acabados, vamos de cabeza a la cola del paro!

    -Sí. Aunque no lo creáis, nos odian -pausa-. Nuestros competidores nos odian a muerte. Nos odian porque donde nosotros hoy estamos, ellos sueñan con llegar. Y cuando ellos lleguen, nosotros ya no estaremos: porque habremos llegado mucho más alto.

    Nos sonrió y arqueó las cejas. La gente aplaudía. Él se encaminó lentamente hacia el crepúsculo.

    Sin duda seguíamos estando en el patio del colegio. Solo que algo había cambiado: los ingenieros, contratados porque corríamos más rápido, saltábamos más alto, leíamos libros enteros y contestábamos correctamente a todas las preguntas, callábamos y nos mirábamos. Ahora los que destacaban eran los gilipollas con sus pequeñas bolitas de mierda.

    Ellos habían llegado alto, muy alto. Habían sorteado tiburones y tarántulas, habían matado al temible escorpión verde y habían conseguido hacerse con un buen trozo de la veta dorada. Solo que la empresa no se había dado cuenta de que aquello era pirita. Se lo había comprado a precio de oro y lo había pagado con nuestro bonus de Navidad.

    Mientras abandonaba la sala de reuniones sentí algo grande, muy grande. No sabía exactamente lo que era, pero hasta la ultima de mis células me gritaba: mal vamos, chaval.

    El Commander

    Archivado en Fuckowski, memorias de un ingeniero por adehoces, 20 de Setiembre de 2006

    I.

    Entre mojito y mojito Antonio me contaba el plan para el día siguiente: volar en avioneta hasta Almería desde el aeropuerto de la Axarquía. Pilotaría Mr. Peckam, un señor inglés de unos setenta años que había comprado una avioneta hecha pedazos y la había puesto a punto él mismo, destornillador en mano. Dicho así, el plan no me resultó muy atractivo; ya me veía a la Guardia Civil buscando mis piños por la playa de La Herradura. El cacharro de Mr. Peckam era de cuatro plazas; Toni también se unía a la fiesta. Decidimos apurar los vasos e irnos a dormir inmediatamente para estar despejados por la mañana.

    -Buessentonces hasstabañada, tío –dije cinco mojitos después.

    Me fui a casa, me quité la careta de chiste de Forges y me metí en la cama a soñar con avionetas destartaladas, politraumatismos encefálicos y quemaduras de cuarto grado. Al poco rato sonó el despertador.

    II.

    Salí a desayunar con Antonio. Dos zumos de naranja y dos bocatas de jamón serrano más tarde todavía no lo veía muy claro.

    -¿Y cómo es eso de que le ha sacado las tripas a la avioneta y la ha reconstruído? Mira que una avioneta no es como un mechero, que o le falta gas o le falla la piedra… –le dije a Antonio.

    -Nada tío, no te preocupes, que el señor Peckam ha sido ingeniero.

    Ah, pues entonces sí. Algunos momentos de mis diez años ingenieriles desfilaron por mi mente: inspirados análisis, estupendos diseños, pomposidad, mucha documentación, sonrisas de autosuficiencia, codificación impecable, infalibles planes de pruebas, y en la demo el cliente mete usuario y contraseña y zas, Null Pointer Exception y a casita con el rabo entre las piernas. Y una demo fallida pues todavía, pero como el Null Pointer le de a la avioneta en lo que es el mismo estabilizador de la biela del cigüeñal, ya me dirás tú…

    -Como el tío lleve corbata echo a correr sin mirar atrás–dije.

    Toni nos recogió en su coche. Llegamos al aeródromo en pocos minutos, salimos del vehículo y esperamos a pie de pista a que llegara la avioneta.

    Yo esperaba que en cualquier momento apareciese de detrás de los hangares un cacharo destartalado, vibrante y saltarín dejando un reguero de tuercas entre chirridos de engranajes oxidados, petardeos humeantes y toques de claxon con la musica de La Cucaracha. De pronto se descolgaría la hélice y saldría de la cabina un entrañable abuelete parecido a Harpo Marx, colocaría la hélice en su sitio, nos sonreiría con cara de aquí no ha pasado nada y nos indicaría que subiésemos con un par de toques de su bocina.

    Pasaban los minutos y yo preparaba mentalmente las últimas palabras para mis seres queridos. ¿Cuántos SMS´s me daría tiempo a enviar durante una caída en picado? Algunas frases se iban formando solas en mi cabeza: “que sepas que siempre te quise aunque toda la vida fui un poco capullo”, “adiós, gracias por todo, por favor, nunca dejéis que mi perro se sienta solo”, cosas así.

    Al momento apareció, flamante, el Commander (así había bautizado el señor Peckam a la criatura). Por fuera estaba como nuevo. Pero bueno, eso era sólo la css. Lo que me preocupaba era la implementación.


    Al menos la matrícula no era 4 8 15 16 23 42

    El señor Peckam se apeó del avión y nos saludó efusivamente. Antonio hizo las presentaciones:

    -Toni, Alfredo, este es David Peckam. Habla muy poquito español.

    -He empezado a aprender ahora –dijo.

    Con dos cojones. Yo dejé las clases de alemán con veinticuatro años porque pensaba que ya era demasiado tarde.

    La mirada de David rebosaba inteligencia. Era una mirada limpia, profunda, valiente, afirmativa. En David la edad se convertía en una mera cuestión técnica, una cifra escrita en alguna parte. No había en él nada de lo que normalmente se asocia con la denominada “tercera edad”. (Mira que nos gustan los eufemismos: hombre Paco, cuánto tiempo, ¿como está tu mujer? Pues ya ves, dos años lleva ya en la quinta edad, ahora mismo iba a ponerle flores…)

    Nos fuimos al bar mientras David cargaba combustible y le hacía el chequeo rutinario a la avioneta. Entré directo al servicio y mientras meaba eché un vistazo al ventanuco y consideré seriamente darme el piro. Tiré de la cadena y descarté la opción.

    III.

    David entró al bar: había llegado el momento de la verdad. Apuramos nuestros cafés y volvimos a pista. Todo estaba preparado para el despegue. Subimos al Commander.

    Fuckowski copiloto
    Aunque no lo parezca, estaba acojonao

    El trasto comenzó a rodar muy despacio. Encaramos la pista. David hizo una serie de comprobaciones de última hora. Verificó indicadores, ajustó controles, se aseguró de que las puertas estuvieran debidamente bloqueadas y nos indicó que nos abrochásemos los cinturones.

    -¿Estáis preparados? -preguntó.

    Volví a mirar a la pista. Parecía interminable. Tuve la sensación de tener frente a mí el resto de mi vida. Y entre ella y yo, el miedo. Entonces lo vi claro. Cerré los ojos, respiré hondo y me dije: este es el momento de echarle valor al asunto. Quiero volar.

    -Preparado -dije.

    Antonio y Toni levantaron los pulgares. David agarró los mandos. Rodamos por la pista ganando más y más velocidad. El Commander empezó a vibrar y a rugir, majestuoso, como un gran tigre justo antes de saltar sobre el fuego. Yo apretaba los dientes. Mi corazón latía con fuerza.

    De pronto toda la potencia contenida del Commander se liberó. Las ruedas se despegaron de la pista y comenzamos a elevarnos. Vitoreamos a David y aplaudimos con ganas. Estábamos en el aire. El miedo se había quedado en tierra.

    Alfredo de Hoces, David Peckam, Antonio Maldonado, Toni Gutierrez
    Volando tranquilamente hacia el sol

    David maniobraba con una habilidad pasmosa. Consultó el plan de vuelo, ajustó el rumbo, y soltó los mandos.

    -Esto va sólo -me explicó-, simplemente hay que corregir la dirección de vez en cuando.

    Claro, todo va sólo. Una vez que le has echado cojones y has conseguido despegar. Así es la vida. La vida es lo que hay después del miedo.

    David Peckam
    David Peckam, capitán del Commander

    IV.

    Fuimos bordeando la costa. Sonreíamos y disfrutábamos de las vistas. Allí arriba el cielo y el mar se fundían; el horizonte lo teníamos que imaginar nosotros. Jugué a adivinarlo entre las nubes, a darle forma mentalmente. Al final me decidí por la nada: era la forma más bella.

    Bordeando la costa
    Un hermoso vacío azul

    De vez en cuando me volvía hacia mis amigos. Nos hablábamos sin decir nada; bastaba con mirarnos y asentir levemente. Sí, todos estábamos flotando en la misma sensación. Son muy pocas las veces en las que dos almas se encuentran de verdad en el mismo sitio, y allí estábamos los cuatro, compartiendo una única sonrisa.

    En algo más de media hora sobrevolábamos Almería. Comenzamos la maniobra de descenso. Era una tarde limpia de Agosto; la luz del sol reposaba sobre un mar verdoso, minúsculas hormigas circulaban por las carreteras, un crucero descansaba en el puerto. La vida seguía su placentero curso y nosotros flotábamos sobre una calma espesa y templada.

    Puerto de Almeria
    El mundo duerme la siesta

    David aterrizó con maestría. Mientras recorríamos la pista caí en la cuenta de que no estábamos en ningún pequeño aeródromo. Cuando nos bajamos del Commander vimos despegar un avión de Iberia.

    Alfredo de Hoces, Toni Gutiérrez, David Peckam
    Como Pedro por su casa

    Llegamos a la terminal y nos metimos por entre las cintas de equipaje. Varios operarios ataviados con monos de trabajo y chalecos reflectantes cargaban maletas, y allí estábamos nosotros, en bañador y chanclas, toallas al hombro cuales domingueros. Atravesamos un corredor, y al ir a cruzar la puerta de salida nos asaltó un vigilante de seguridad que nos miraba con los ojos como platos.

    -¡Oigan! ¡Oigan! ¿Pero ustedes dónde van?

    -A ponernos hasta el culo de cigalas, buen hombre.

    Nos acompañó a un mostrador y nos hizo rellenar unos papeles. Salimos a la calle y cogimos un taxi. Al chiringuito, por favor.

    V.

    Las cigalas sabían a mar, a verano, a victoria. Una brisa salada se colaba por la ventana, una brisa con regusto a arena húmeda, a madera vieja curtida por las olas, a restos de pescado, a gaviotas. Vaciábamos doradas jarras de cerveza y charlábamos animadamente.

    Entre bocado y bocado David nos contaba su vida: nacido en el 41 en Inglaterra, se hizo ingeniero aeronáutico, trabajó allí algún tiempo y luego le destinaron a Oriente Medio. Escuchamos con especial atención mientras nos relataba cómo después de catorce años en Kuwait había tenido que salir cagando leches el día de la invasión.

    Dicen que tras la jubilación con frecuencia sobreviene una crisis. El día que se retiró, David se fue a Alemania con su buen amigo Ian Whittle, hijo de Sir Frank Whittle, el inventor del motor a reacción, a comprarse una avioneta. Acto seguido se vino a vivir a España (a una casa en el monte donde no llegan las líneas telefónicas), le sacó las tripas al trasto y se pegó dos años para reconvertirlo en el Commander. Hacía un par de semanas había hecho la Vuelta Aérea a España con él.

    -Ahora estoy pensando en comprarme un barco, pero antes quiero pasar una temporada en el Sahara -nos contó.

    -¿En el Sahara? Pero ahí la cosa está un poco jodida -le dijo Antonio.

    -La vida es para vivirla; si te estrellas, recoges los pedazos y empiezas de nuevo.

    Me he tatuado esa frase en el alma a costa de repetírmela mentalmente. El día que la olvide, con toda seguridad me sobrevendrá una crisis.

    Tras una prolongada sobremesa nos fuimos a la playa a tomar un rato el sol. No teníamos mucho tiempo, había que volver con buena luz (David aún no sabía volar a oscuras). Tumbados sobre la arena hablamos de mujeres. David era viudo; un cáncer se había llevado a su esposa hacía muchos años. Aquello le destrozó. Él recogió los pedazos.

    VI.

    Aterrizamos en la Axarquía en medio del crepúsculo. En el hangar nos esperaba Margaret, la guapa compañera de David, con unas cervezas bien frías. Brindamos y nos sentamos a beber con los últimos rayos del sol.

    Sentado en aquel hangar los minutos pasaban lentos. Eché una mirada al Commander y no pude evitar pensar en mí mismo, en cómo a mis apenas treinta años en ocasiones me siento viejo, gastado, oxidado, incapaz de remontar el vuelo. Qué ridículo. La próxima vez que me sienta así me sacaré las entrañas y me reconstruiré pieza por pieza: aquí un poco de sol, allí un poco de arena, una capa de brisa salada y espuma de mar, un atardecer azul salpicado de buenos recuerdos.

    Bebíamos despacio mientras la noche caía sobre nosotros. El cielo se iba poblando de estrellas, los grillos empezaban a cantar tímidamente. La vida renacía.

    El horizonte seguía sin tener forma.

    A David Peckam, Antonio Maldonado y Toni Gutiérrez.
    Con ellos es fácil encarar la pista.

    María

    Archivado en Fuckowski, memorias de un ingeniero por adehoces, 9 de Julio de 2006

    La recuerdo perfectamente, porque me dolía. Me dolía en el alma. Tendríamos unos ocho o nueve años, calculo. Yo era un niño tranquilo al que todos trataban bien. Ella era una niña feliz, pero yo intuía, por lo poco que sabía del mundo, que estaba destinada a sufrir. Aquello me mataba por dentro; la observaba y siempre me entristecía.

    María era la personificación de la inocencia. No se podía adivinar si era guapa; su cara se ocultaba tras unas enormes gafas con un parche en uno de los cristales, y su gran sonrisa dejaba ver una dentadura mellada que le rompía el rostro. Sus andares eran torpes, despreocupados. Las demás niñas empezaban a preocuparse por su aspecto, jugaban a ser presumidas y arrogantes, se unían en grupos de los que María siempre estuvo excluida. Ella no parecía darse cuenta.

    Siempre la recogía su madre a la salida del colegio. Era una señora de semblante serio, y a juzgar por sus arrugas la vida parecía haberle pasado la factura. Mientras llegaba la hora de la salida los padres de los demás niños charlaban entre ellos, hablaban de las notas de sus hijos, de los listos que eran, de lo lejos que iban a llegar. La madre de María siempre guardaba silencio. Cuando salía su hija la besaba con ternura, la cogía de la mano y echaban a andar. Yo me quedaba mirándolas. Suponía que el padre de María había muerto y que ella en el mundo sólo tenía a su madre. Deseaba con todas mis fuerzas que a aquella señora nunca le pasase nada; sentía que María sin su madre estaba destinada a la más horrible de las soledades, algo peor que la muerte. Sólo imaginarlo me desgarraba por dentro.

    Yo no le quitaba el ojo de encima. Era una niña muy frágil; a veces jugando en el recreo tropezaba y caía al suelo, y se ponía a llorar desconsoladamente llamando a su madre. Yo me acercaba a ella y me quedaba mirándola, sin saber qué hacer, hasta que llegaba algún profesor.

    Recuerdo una vez que nos dejaron solos en clase de manualidades. Uno de los niños se acercó a María y le quitó su cuaderno de dibujo. Ella se limitó a mirarle sonriente; él empezó a pasar páginas y a reír con ganas. María no alcanzaba a entender que se estaba riendo de ella. Otros niños se acercaron, y el cuaderno fue pasando de mano en mano. María empezó a comprender: su eterna sonrisa comenzó a desdibujarse de su rostro y una mirada triste e interrogante asomó detrás de sus enormes gafas. Yo sentía que estaban violando su inocencia; fui corriendo hasta su mesa y me hice con el cuaderno. Pasé unas cuantas páginas llenas de mariposas, nubes, arco iris, perros, gatos, pequeñas poesías muy tiernas e infantiles. Los demás niños reían a carcajadas y me gritaban que siguiera con el juego. Yo cerré aquel cuaderno y se lo devolví a María.

    Como era de esperar, los otros niños se rieron de mí. Estás enamorado de ella, gritaban. Yo no sabía qué hacer. Me encontraba entre dos mundos enfrentados: uno como yo quería que fuese, el otro como siempre había sido y siempre iba a ser. Traté de escaparme de la situación conservando la dignidad. Miré al improvisado corrillo de niños y dije: ¡anda ya, con lo fea que es!

    En la última palabra se me quebró la voz y empecé a notar que algo se descomponía en mi interior. Salí corriendo de la clase, entré al cuarto de baño y vomité hasta el alma. Creo que fue una especie de reacción alérgica a la mezquindad; abrazado al váter vomité con ganas intentado expulsarla de mí para siempre. Me sequé las lágrimas y salí del servicio dejando atrás una dignidad estúpida y cruel.

    Volví a mi mesa deseando que María no me hubiera oído. Nunca supe si me oyó o no, pero ella siguió sonriendo. Jamás he vuelto a traicionar a nadie.

    El año pasado, una mañana lluviosa de navidad, iba paseando sin rumbo con mi perro cuando me crucé con dos mujeres. Una era alta, muy atractiva, con vaqueros ceñidos y larga melena. A la otra la reconocí al instante por su semblante serio. A pesar de su avanzada edad, se notaba que aún iba a vivir largos años.

    Con María sólo me crucé una mirada fugaz. No me reconoció, y yo no me atreví a decirle nada. Pasé de largo, pero no pude evitar preguntarme qué habría pensado al mirarme a los ojos. Quizás me tomó por otro de tantos hombres crueles y estúpidos.

    La vida me ha puesto a prueba muchas veces, pero siempre he conseguido sacar fuerzas de flaqueza y seguir adelante. Porque sé que si consigo conservar mis valores y no caer en la mezquindad, en alguna parte María seguirá sonriendo.

    Brindis por la última fila

    Archivado en Fuckowski, memorias de un ingeniero por adehoces, 19 de Junio de 2005

    I.

    Estoy en un pub, con el portátil y una cerveza bien grande. Todo a mi alrededor es madera y piedra; mi mesa está situada junto a una de las múltiples chimeneas. Las iluminación es tenue e indirecta.

    Divagando, he acabado por recordar viejos tiempos.

    Tuve una infancia atípica. Nací en el último año de la dictadura franquista. Mi padre me contaba a veces que se tuvo que pegar más de una carrera por llevar el pelo a lo Beatle o leer algún periódico de esos cuestionables.

    Luego, la democracia. Mi padre estaba deseando hacer buen uso de ella. Por desgracia, al último sitio donde llegó la democracia fue a la mente de muchas personas.

    Fui a un colegio público, laico, y bastante salvaje. Yo era un espécimen raro. Contradictorio. Era un alumno ejemplar, mi comportamiento era intachable, sacaba las mejores notas. Pero nacido ateo. En mi casa jamás se habló de religión, ni para bien ni para mal. Yo no heredé a dios. Y como tampoco se me apareció nunca, pues ni siquiera me planteé la cuestión.

    Un día, en el colegio, dios salió a colación. Con la iglesia habíamos topamos. Una profesora gorda y canosa cuyo concepto del sexo era algo sucio y oscuro que se practicaba en Sodoma, en París y en el infierno, me hizo escribir en la primera hoja de mi libreta de matemáticas: perdóname, señor, porque he pecado.

    Yo no entendí ninguna de las tres partes de la frase. Al llegar a casa, le pregunté a mi padre qué era eso que había hecho yo. Según el, nada. Y él me conocía mejor que la gorda.

    A partir de una animada conversación entre mi padre y la profesora canosa, mi familia pasó a ser considerada “ese clan de fanáticos que quieren erradicar la religión de España”. Agárrate las pelotas.
    En mi colegio tenían la pedagógica costumbre de colocarnos por orden de inteligencia. Los más listos en la primera fila, los más tontos en la última. En cada fila, los más listos más a la izquierda. Aunque a mí me parecía que no eran los más listos, si no los que mejor se portaban.

    Yo era un ateo fanático que se negaba a escribir chorradas en su libreta de matemáticas, a rezar, o a estudiar el catecismo. Tendría que haber estado en la última fila. Pero me pasé nueve años sentado en el primer asiento de la fila primera. Los traía a todos de cabeza.

    Era curioso lo de las filas. En la mía, el segundo era mi mejor amigo. Nos llevábamos bien. El tercero se pasó nueve años odiándome por algún motivo. Él y yo nos sacamos mutuamente todos los dientes de leche a hostia limpia. No recuerdo haber pisado un dentista hasta BUP.

    El cuarto quería ser el tercero. El quinto quería ser el cuarto. Así sucesivamente. Yo, como a la izquierda lo que tenía era una ventana, me ahorraba todo ese stress y me quedaba tiempo para pensar.

    Pero bueno, a fin de cuentas éramos la primera fila, la fila blanca. La elite. No teníamos mucho de lo que preocuparnos.

    Al final, estaba la fila negra. Los casos perdidos. Los vándalos. Aterrorizaban a los demás. Casualmente, los de peor posición económica. Ropa sucia, zapatos rotos.

    Y seis filas intermedias. La franja gris. Ahí había de todo. Desde gente absolutamente adorable hasta auténticos cabrones retorcidos. Pero por lo general, mucho gris.

    Los grises eran curiosos. Les jodía no estar en la fila blanca y a la vez se alegraban de no estar en la fila negra. Una cosa compensaba la otra, así que ni bien ni mal. La mayoría no tenían nada que decir. Me aburrían soberanamente.

    Pero los de la última fila me atraían. Esos sabían algo. Cada vez que había un problema en la franja gris, lo solucionaba la profesora. Los de la fila negra se las apañaban solos.

    Eran apasionantes. Hablaban de cosas prohibidas. Cigarros, sexo, la calle. Yo siempre andaba con ellos. Los miraba con curiosidad, con admiración, no con desprecio. Ellos me aceptaron.

    Las señoras pedagogas religiosas consideraron que a mi me podía afectar aquello de manera negativa y avisaron a mis padres, que todavía se estaban acordando de lo del pecado. Mis padres no pensaron que fuese un problema. Yo seguía siendo el mismo y sacando las mismas notas. Aunque, eso sí, empecé a decir tacos.

    El profesor de matemáticas (don Ángel, que me regaló un ejemplar de Yo, robot que aún conservo) consideró que, de hecho, aquello quizá pudiese afectar a alguien de la ultima fila de manera positiva.

    Aquel matemático tenía mas alma que todas las beatas.

    II.

    Resultó que los negros no eran tontos. Sólo pobres. No tenían cuarto de estudio en casa, a veces ni siquiera libros. Algunos venían por mi casa y usaban los míos. Siempre andaban metidos en historias, en peleas, no aparecían por el colegio dos semanas… pero alguna vez pasaban por mi casa, merendaban con mi familia, y hacíamos los deberes.

    Ellos tenían algo especial, algo bueno. Fueron buenos amigos. Leales. Sobre todo Julio, el más temido de todos. Era el líder. Mi madre me llevaba al colegio. Julio iba sólo. A veces nos encontrábamos y hacíamos el camino juntos.

    Yo me había salido de mi fila. Alguno de los condenados también pudo salir de la suya. Julio aprobaba los exámenes. Pasaba de curso.

    Aquello me lo pagaron multiplicado por mil. Hicieron por mí todo cuanto estuvo en sus manos. Me defendían, me protegían. Para casi todos los demás niños, había zonas prohibidas. En especial, la plaza de los gitanos. Ahí no se podía ni entrar. Pero yo jugaba en ella. Y me lo pasaba de puta madre. Vivía sin miedo.

    Recuerdo la primera vez que fui a la plaza. Mi ropa no estaba sucia. La de ellos sí. Todos se me quedaron mirando. Julio dijo:

    -A éste, hay que respetarlo.

    Y no se habló mas.

    Una mañana íbamos Julio, mi madre y yo, de camino al colegio. Era la fiesta de navidad. Mi madre paró en un kiosco y nos compró una pandereta a cada uno. Teníamos doce años.

    Hace no mucho, a mi madre la paró un hombre por la calle.

    -Yo a usted la conozco, señora.

    -Ay, pues me va usted a perdonar, pero yo no caigo… y el caso es que me suena.

    -Usted a mi me regaló una pandereta.

    Se rieron un buen rato. Julio le preguntó por mí. El niño está bien, se ha hecho ingeniero, anda viajando por ahí…

    III.

    Cuando acabó el colegio, yo fui al instituto. Mis guardaespaldas no. En el instituto todo el mundo sonreía y decía venir de la primera fila. Los grises parecían haber desaparecido. Pero yo los veía por todas partes. Había muchas hostias a la salida. Sonrisas y hostias. Pero bueno. Hice un puñado pequeño de amigos grandes.

    Luego, la tan ansiada universidad. Allí las hostias no se llevaban, quedaban mal. Se sustituían por puñaladas traperas. Me uní más a mis amigos y me separé más del resto.

    Y finalmente, el mundo laboral. Sueños que se desmoronaban. La apoteosis del gris, la sonrisa, y la puñalada trapera. Y yo sin guardaespaldas.

    Una noche volvía a casa sintiéndome gris. De pronto alguien me llamó por mi nombre y apellidos. Desde un coche me habló una voz que sonaba a recuerdo lejano.

    Julio. Me llevó a casa. No andaba mal. Montando persianas unas sesenta horas por semana. No le preocupaba mucho. Me preguntó como me iba. Y me recordó que, si alguna vez yo tenia algún problema con alguien, no dudara en decírselo. Que el me lo solucionaba. Que a mi se me respetaba.

    Aun hoy se me hace un nudo en la garganta.

    Han pasado los años y las cosas no han cambiado mucho a mi alrededor. El mundo es, a grandes rasgos, una mierda. Muchos le echan la culpa a la condición humana. Pero yo se lo que es la lealtad. Yo la viví. Viví algo que los demás se perdieron y que me hizo como soy ahora.

    Ando viajando por ahí, sí. Con una maleta llena de buenos recuerdos.

    Así que aquí estoy, en mi bar, con mi cerveza, mi portátil y mis recuerdos. Miro a mi alrededor y veo mucho gris y mucha sonrisa. Sospecho que se esconden puñaladas.

    En fin. Que por todos aquellos de la ultima fila, aquellos que tanto me dieron, va esta cerveza. A los grises del mundo, los de la dictadura, los de las puñaladas, los que roban el tiempo:

    Que os den por culo.

    El Zen del éxito profesional en 20 actos

    Archivado en Fuckowski, memorias de un ingeniero por adehoces, 24 de Mayo de 2005

    1

    Terminó la tercera serie de abdominales y se metió en la sala de rayos uva. Se miró al espejo, y entonces supo que el puesto sería suyo.

    Tenía una reunión al día siguiente. La corporación necesitaba un arquitecto con experiencia en filostros para el proyecto ShopMaster. Él había participado en varios proyectos de superficies cuadrúpedas.

    El puesto tenía un nombre: Minglanillas. Arquitecto. El arquitecto Minglanillas. Buenas tardes, soy Minglanillas, el nuevo arquitecto.

    Mientras le decía esto a su reflejo, ensayó un gesto de modestia, de condescendencia, dejando clara su posición de superioridad y a la vez abriendo un canal informal, de tú a tú. Llevó su mano izquierda, bien abierta, a la altura del pecho y la bajó lentamente con un giro (…arquitecto…), como si acariciase su ego. Era un gesto muy metrosexual, con estilo. No podrían resistirse.

    Minglanillas sospechaba que tenía un don.

    Durante el baño de rayos uva soñó despierto. Se vio enfundado en un traje negro junto a un flamante descapotable rojo; el sol hacía brillar su tarjeta de identificación nueva. Él abría la puerta del coche y hacía entrar a una rubia.

    Se duchó y se fue a casa. Se metió en la cama y leyó un capítulo entero de la Guía Zen del Éxito Profesional. El mensaje era claro: no basta con ser el mejor, también hay que parecerlo. Estaba a punto de quedarse dormido cuando reparó en algo que había pasado por alto: para la tarjeta de identificación necesitaría una foto nueva.

    Era hora de cambiar de peinado.

    2

    Despertó a las 6:00. Se dio una ducha y se afeitó.

    ¿Cómo se peina un arquitecto? ¿Sobrio con un toque informal? ¿O quizá informal, como los genios, pero con un toque de elegancia que sugiera respeto por el deber?

    Probó varias combinaciones; usó agua, gomina, laca, peine, cepillo. Al final optó por un peinado sin raya, muy formal alrededor de la cabeza, y un poco alocado y chisporroteante por la parte de arriba. Parecía un sobrio ejecutivo que no dejase de tener chispeantes ideas. Era perfecto.

    3

    -Es usted uno de los mejores, señor Minglanillas. Su expediente es intachable, su actitud es un ejemplo para todos -dijo el señor Smith. Se pasó la lengua por la encía superior emitiendo un chasquido, y siguió:

    -No hay más que mirarle para darse cuenta de que es usted serio, responsable, y con buenas ideas. Es el candidato ideal para el puesto. Esta es una gran oportunidad para su carrera, ¿se ve capacitado para afrontar el reto?

    Era el momento. Ahora o nunca. Dijo:

    -Considero que tengo el perfil adecuado -levantó la mano e hizo el gesto-, pero usted sabe mejor que nadie si estoy o no capacitado.

    Mostrar confianza en sus superiores. Era otro de los principios de la Guía Zen del Éxito Profesional.

    -Yo apuesto por usted, señor Minglanillas. Será el Pretending Architect de ShopMaster. El lunes le desplazaremos a la capital.

    El pretending era una de las innovadoras medidas introducidas en la corporación por el señor Smith. Antes de ser ascendido, cada empleado pasaba una temporada no inferior a seis meses desempeñando las nuevas funciones sin modificación de su contrato. Esto incrementaba la velocidad de reacción de la empresa, pues en caso de urgencia se podía disponer de nuevos perfiles sin necesidad de pasar por los siempre engorrosos trámites de Recursos Humanos. Además motivaba a los empleados, pues durante el periodo pretending tenían que demostrar su valía para el nuevo puesto. Sentían que ya casi tenían el ascenso y se dejaban la piel.

    Aún había una tercera ventaja: al cliente se le cobraban las horas al precio del puesto desempeñado, y al empleado se le pagaban al precio del que aún figuraba en su contrato. El 70% de la plantilla trabajaba en modalidad de pretending, lo que significaba un sustancial ahorro en salarios y un jugoso incremento de los bonus mensuales de la directiva. Había empleados que pasaban al borde del ascenso más de dos años. El señor Smith era un genio de los negocios.

    Minglanillas aceptó sin dudarlo. Todo gran avance implica un gran sacrificio.

    El señor Smith hizo unas llamadas.

    -Ya tiene habitación reservada. Le estamos preparando la tarjeta de crédito, su nueva identificación, y el kit de viaje. Enhorabuena -le tendió la mano.

    -Es un honor. No le defraudaré.

    Minglanillas estrechó la mano del señor Smith.

    -Estoy seguro de ello. Ah, se me olvidaba. Llévese mi Business Card. Ante cualquier eventualidad, tiene línea directa conmigo.

    Línea directa. Minglanillas ya vislumbraba la dorada luz de las altas cumbres.

    4

    El vuelo se le hizo muy corto. Apenas tuvo tiempo de revisar unos PDF’s. ShopMaster; el más novedoso centro comercial jamás construido. Fondos públicos. Proyecto adjudicado por unanimidad a TeddyBear Consulting. Finalizada fase de cimentación. Comenzando fase de diseño. Pretending Architect: Minglanillas. Support Analyst: Fuckowski.

    Minglanillas tenía que diseñar el edificio. Cerró los ojos, dejó la mente en blanco y trató de visualizar los planos. Sin darse cuenta, se metió la mano en el bolsillo y acarició la tarjeta del señor Smith.

    Solo consiguió ver un descapotable rojo y un pendón en minifalda. El piloto indicó que iban a proceder al aterrizaje. Se ajustó el cinturón de seguridad, procurando no arrugarse la camisa.

    A la media hora abandonaba el aeropuerto, con la pequeña maleta en una mano y el paraguas de empresa en la otra.

    Paró un taxi y preguntó al conductor:

    -Disculpe, ¿se puede pagar con tarjeta corporativa?

    -¡Suba, amigo…!

    Entró al vehículo, indicó al conductor la dirección del hotel y sacó unos cuantos documentos de la maleta.

    -En viaje de negocios, ¿eh?

    -Bueno, sí, me quedaré dos meses. Es un proyecto muy importante; yo soy el arquitecto.

    Había soñado tantas veces con pronunciar esas palabras… era un gran momento. Una gran cagada de paloma se estrelló contra la luna delantera.

    -Me cago en la leche. Estos bichos parece que lo hagan aposta, amigo…

    Minglanillas miró al cielo a través del cristal e intentó de nuevo visualizar los planos. El taxista accionó el limpiaparabrisas y la mierda de paloma fue esparcida por toda la luna.

    Cuando se hubo disuelto la cagada Minglanillas estaba inmerso en sus documentos. Gráficas, análisis de requerimientos, comparativas de sinergias y simulaciones 2D.

    A fin de cuentas toda la fachada estaba ya diseñada y el suelo totalmente cimentado. Sólo faltaba lo de dentro; tenía que ser trivial.

    Llegaron al hotel. Era de cinco estrellas.

    -Pues ya estamos. ¿Le hago un recibo, amigo?

    -Sí, por favor -le pasó la tarjeta al conductor.

    -Hay un par de clubs interesantes por la zona, por si se aburre el fin de semana -el taxista le guiñó un ojo.

    -Bueno, los fines de semana vuelo a casa.

    -¡Coño! ¿Todos los fines de semana?

    -Pues sí…

    -¡Vaya, amigo! Aviones, hoteles, tarjeta de crédito… ¡debe usted estar forrado!

    -Bueno, no nos podemos quejar. Esto… ¿no le sobrará un cigarro?

    -Sí, cómo no -el taxista le pasó un pitillo al arquitecto.

    Se puso el cigarrillo en la boca, cogió el recibo, su maleta y su paraguas y se encaminó al hotel. Justo cuando el taxista arrancó, Minglanillas se dio cuenta de que no tenía fuego.

    5

    A las diez llegó al complejo ShopMaster. Mostró su identificación a la recepcionista, una rubia de ojos azules y sonrisa de porcelana. Charló un rato con ella, y luego cruzó las instalaciones a la búsqueda de las oficinas.

    Gente yendo y viniendo, grúas, tractores, cables, ruido. Por todas partes se respiraban prisas. De pronto Minglanillas sintió pánico; todo aquello le pareció una especie de enorme monstruo metálico que amenazaba con devorarle, y lo único que tenía para defenderse eran unos rollos de papel en blanco.

    El éxito es de los valientes. Trató de combatir el miedo repitiéndose la frase una y otra vez, pero no funcionó. Atravesó rápidamente el bullicio sin dejar de mirar su reloj y se perdió entre las múltiples oficinas prefabricadas que Teddybear había habilitado en el solar.

    Necesitaba esconderse un rato, relajarse, meditar, ponerse a punto. Revisar la guía Zen. Pero al llegar a la puerta de su despacho, alguien le estaba esperando.

    -¿Minglanillas? -preguntó el tipo. Llevaba un abrigo largo, negro. Se había aflojado el nudo de la corbata y desabrochado el cuello de la camisa. Parecía serio, pero se le adivinaba una sonrisilla un tanto pretenciosa. Con esa pinta oscura, tenía que ser uno de esos fanáticos de Matrix. O peor aún, un Jedi.

    -Sí, soy Minglanillas, el arquitecto -ejecutó el gesto.

    El oscuro observó el gestoarquitecto y sonrió de medio lado.

    -Fuckowski, el pito del sereno -dijo, haciendo una exagerada reverencia.

    Así que ese cretino era el tal Fuckowski, el programador maldito. Había oído hablar de él. Batía todos los records de actitud negativa, pero por algún motivo no le despedían. Al parecer, técnicamente era bueno, así que la empresa simplemente le toreaba.

    -Encantado -dijo Minglanillas, incómodo.

    -Igualmente. Espero que tengas listos los planos, acabo de terminar con los cimientos y tengo que pasar a la siguiente fase.

    Los planos no eran ningún problema, solo le hacía falta un poco de tiempo.

    -Los planos… sí, ahora mismo están en fase de conceptualización.

    -¿Cómo que “conceptualización”? ¿Quieres decir que aún no son un concepto? O sea, ¿que no tenemos nada?

    Pues sí que era negativo el tipo. Nada más empezar, y ya estaba montando el numerito.

    -Los planos estarán listos en breve -dijo Minglanillas, con aire autoritario.

    -En breve. Pues mientras llegan los planos, ya me dirás que hacemos con los albañiles. ¿Los mandamos a casa hasta que tengan algo que hacer?

    Eso nunca, se dijo Minglanillas. ¿Qué dirían en la corporación si se enterasen de que los recursos humanos habían abandonado la obra y se habían ido por ahí a hacer el vago, como si fueran un puñado de hippies?

    -Aquí nadie puede estar sin hacer nada. Que vayan adelantando trabajo.

    -A ver. El problema es muy simple. Tenemos unos cimientos, unos albañiles, y un puñado de ladrillos. Hay unos documentos donde se relacionan las tres cosas; indica al albañil “A” el punto “X” donde colocar el ladrillo “Z”. Los planos. Cuando me entregues los planos, asignaré a cada albañil sus tareas. No hay planos, no hay trabajo.

    El tal Fuckowski dibujaba pequeños esquemas en el aire mientras hablaba. Ese tipo se creía muy listo, con sus ideas simplonas; se notaba que nunca había derivado un forlayo. Minglanillas estaba visiblemente molesto.

    -Ya he dicho que los planos estarán en breve. Mientras tanto, que se dediquen a la autoformación -dijo Minglanillas, haciendo ademán de entrar al despacho. Quería dar la conversación por terminada.

    -¿Autoformación? ¿No se te olvida un “pequeño” detalle? Todos nuestros albañiles son becarios; se les paga una mierda porque, en teoría, aquí les enseñamos a hacer las cosas. Decirles que aprendan solos es reírse de ellos; no seré yo el que se lo sugiera.

    Carajo. ¿Habría algo a lo que aquel tipo no pusiera pegas? Minglanillas intentaba imaginar el motivo de esa actitud tan negativa. Tenía que ser odio, frustración… o envidia. Eso, seguro que era envidia. Ese tío no tenía ningún estilo, no había más que mirar su peinado. Era uno más del montón, y la única forma que encontraba de llamar la atención era con sus protestas. Ah, ese Fuckowski le caía mal, pero que muy mal. Era un muro interpuesto entre él y su ascenso, iba a tener que derribarlo como fuera.

    -Mira, todos estamos en el mismo equipo. Tenemos que cooperar. Yo voy a trabajar duro con los planos. Vosotros id empezando la construcción de la forma habitual.

    -¿¡¡La forma habitual!!? Mira, según tengo entendido, ShopMaster incorpora novedosas técnicas de derivación de filostros, y nosecuantas filigranas más de quinta generación. Yo de filostros no entiendo, te lo filostreas tú y a mí me hablas en el lenguaje de los ladrillos. Y te digo otra cosa: mi análisis técnico está estimado en dos semanas. Hoy es lunes 4; el Lunes 18 empiezo mis vacaciones. Tú te puedes retrasar con los planos si quieres, pero yo no voy a retrasar mi viaje a Suiza. Ya tengo los billetes.

    Minglanillas no podía soportarlo más. Entró al despacho y dijo:

    -Fuckowski, vas a tener que aprender a confiar en tus superiores.

    -Hazme un favor. Conmigo deja los mandamientos de la biblia profesional del todo a veinte duros. Yo soy ateo.

    Se oyó un fuerte portazo y un silencio blanco se apoderó de todo. Blanco como los planos de ShopMaster.

    6

    El martes a primera hora recibió Minglanillas un correo del señor Smith solicitando un status report. Minglanillas empezó a sudar. Le presionaban por todas partes, y encima ese Fuckowski… así no se podía trabajar.

    Lo intentó con el viejo método de la patata caliente. Hizo un forward del mail del señor Smith a fuckowski@teddybearconsulting. A los diez minutos recibió un mail en blanco. El asunto decía:

    >>Vigila tu Chotus Notes, que se te están escapando los correos.

    Vaya. Encima el tipo se creía gracioso. Desde luego que no le faltaba un detalle; era el perfecto gilipollas.

    Los planos, los planos, los putísimos planos. A ver. Vamos a empezar por lo fácil. Minglanillas se quedó mirando la simulación 2D de la fachada de ShopMaster largo rato. Finalmente envió un correo:

    A: Fuckowski
    Asunto: Primer bloque de análisis funcional

    Componente: Tejado
    Dimensiones: Idénticas a los cimientos
    Color: Rojo
    Inclinación: 30 grados
    Impermeabilización: Estándar

    Realícese el análisis técnico a la mayor brevedad.

    Luego envió otro correo al señor Smith:

    Status: Iniciado análisis funcional.
    Solapando análisis técnico.
    El proyecto avanza suavemente.

    Suavemente. Sugería un avance a velocidad reducida, pero sin problemas. Indicaría al señor Smith que debía disminuir la presión, para no correr el riesgo de provocar un avance brusco. Estaba claro, Minglanillas tenía un don.

    Recibió otro correito jocoso del Fuckowski.

    >>Pues nada, empezaremos la casa por el tejado

    No le importó; ShopMaster era pan comido.

    Bueno, estamos en racha. ¡Vamos a por lo de dentro! Veinte tiendas. Bien, diseñamos una tienda, y copypaste. Tirado. La cuestión es: ¿cómo mierda se hace el análisis funcional de una tienda? Ese capullo de Fuckowski seguro que lo sabía. Pero claro, no cooperaría, por mucho que Minglanillas se lo pidiera.

    A no ser que…

    7

    En recepción, Clarisa discutía acaloradamente con Álvaro.

    -Es que ya no es como antes -decía ella-. Ya casi no salimos, no nos divertimos…

    -Pero cariño, esto es temporal… en cuanto esté acabado este maldito ShopMaster, me harán finalmente coordinador de mantenimiento, dejaré de ser pretending y se acabará el echar horas, estoy seguro. Entonces todo volverá a ser como antes.

    -¿Te das cuenta de que llevamos así casi un año? Yo lo único que sé es que nunca tienes tiempo para mí. ¡Le prestas más atención a ese husky siberiano!

    -Amor, ya me gustaría a mí no tener que trabajar doce horas al día, ni tener que venir a éste puto sitio los fines de semana. Pero es esto, o la calle. Es un proyecto de vital importancia para todos, según dicen. Y a Tara le dedico justo la atención que requiere, el resto de mi tiempo es tuyo…

    Clarisa no parecía prestar mucha atención. Se colocaba una y otra vez los rubios cabellos detrás de las orejas con la mirada perdida.

    -Creo que me he equivocado contigo. Tú no tienes ambición.

    -¿¡QUE!? -a Álvaro se le hincharon las pelotas- Pero, ¿se puede saber a qué viene eso? Oye, que tú eres recepcionista, eh…

    -¡Ya estás otra vez! ¿Qué pasa, que no soy suficientemente buena para ti? ¿Por eso me hiciste ir a esa gilipollez de curso, no?

    -Yo no he dicho eso. Es sólo que no es justo que te comportes como una princesita; todos tenemos que arrimar el hombro. Yo estoy más jodido que tú.

    Era inútil, habían tenido la misma discusión cientos de veces. Él no tenía más remedio que aguantarse con su situación laboral; ella tenía serias dificultades para ver las cosas desde otro punto de vista que no fuera el de su propio bienestar.

    Clarisa se quedó pensando que en realidad él no era el tipo de hombre que ella necesitaba. A ella le iba más alguien que estuviera por encima de toda la mierda, un triunfador, alguien con estilo.

    En respuesta a su plegaria, sonó el teléfono.

    -TeddyBear Consulting, división Shopmaster, dígame…

    -¿Clarisa? Le habla Minglanillas, el arquitecto… Escuche, veo en su ficha que tiene usted un curso de desarrollo. Necesito a alguien para hacer un trabajito… puede ser una buena oportunidad. ¿Alguna vez se planteó ser consultora?

    Quedaron a las 19:00 en el despacho de Minglanillas. Clarisa se disculpó con Álvaro; había surgido un imprevisto y tenía que preparar unos documentos. Le acompañó a la puerta, le despidió con un frío beso y volvió a la mesa.

    Al sentarse, resbaló en la silla y casi cayó al suelo. Tenía el chocho hecho agua.

    8

    Se encaminó al despacho de Fuckowski intentando recordar todo lo que le habían explicado. Estaba oscuro, era ya bastante tarde. Llovía a mares.

    Llamó a la puerta.

    -¡Adelante, está abierto! -se oyó.

    Entró a la oficina, tan sólo iluminada por una pequeña lámpara de escritorio. El tipo la recibió de pie junto a su mesa, sonriente.

    -Señor Fuckowski, soy Clarisa, ¿puedo hablar con usted?

    -Claro, cómo no. Por favor, siéntese -señaló a una silla situada en la esquina del despacho.

    Clarisa tomó asiento, se obligó a sonreír, y dijo:

    -Señor Fuckowski, como sabe soy recepcionista, pero tengo un diploma de desarrolladora. Verá, ha surgido un puesto de consultoría; quiero presentarme al examen y me gustaría aprender de usted…

    Se tocaba continuamente el pelo para ocultar su nerviosismo. Fuckowski volvió a sentarse en su mesa. Su cara quedó iluminada por la pequeña lámpara, dándole un aire tenebroso.

    -Oh… ¿Y que desea aprender exactamente? -preguntó, mirando fijamente a Clarisa.

    -Bueno, lo usual… he traído unos casos prácticos que me gustaría que resolviera.

    Clarisa le pasó un montón de papeles. Él empezó a ojearlos a toda prisa, con ademán desinteresado.

    -Si pudiera tenerlos resueltos para mañana, le estaría infinitamente agradecida… -le indicó.

    Fuckowski acabó de leer el último folio y dijo:

    -Dígale al subnormal de Minglanillas que si quiere sacarme un análisis funcional, va a tener que darme la mitad de su salario. No basta con enviarme esta mierda de especificaciones y una rubia que me toque el ego -soltó los papeles sobre la mesa.

    -¡Oh! ¡Señor Fuckowski! ¿Cómo puede usted pensar que…?

    -¿Cree que me chupo el dedo, Clarisa? ¿Qué pensaban? ¿Que me iba a poner cachondo y le iba a hacer su trabajo al de los pelos chisposos por la posibilidad de echarle a usted un polvo? -dijo, y le guiñó un ojo.

    -Me parece que es usted un paranoico, señor Fuckowski.

    -Ah, ¿sí? Pues, ¿sabe lo que me parece usted, Clarisa? ¿Sabe lo que veo tras esa sonrisa de porcelana y esos tics tan estudiados? Veo un pendón. Un pendón descerebrado que quiere aparentar clase. Trabaja usted en una gran corporación, sí, pero me apuesto que le ha costado un par de revolcones, ¿eh? Se ha tenido que comer un par de forlayos -puso la boca en forma de O, y con una mano hizo ademán de meterse algo con forma de tubo.

    Clarisa le miraba con los ojos como platos.

    -Cada tarde al llegar a casa -siguió-, se quita usted su traje corporativo, deja la tarjeta de identificación al lado del pintalabios, y se dice a sí misma que ha llegado lejos. Pero apuesto a que a veces se despierta sudando en mitad de la noche, después de soñar con los forlayos, y ahora piensa que si aprueba ese examen dejará de sentirse un pendón, y entonces los forlayos callarán para siempre…

    Clarisa se levantó de un salto y gritó:

    -¡Es usted UN MONSTRUO, Fuckowski! ¡¡Un monstruo fascista y misógino!!

    Corrió hacia la puerta.

    -¿Me escribirá, Clarisa? ¿Me enviará un mail cuando guarden silencio los forlayos?

    -¡¡¡Váyase usted a tomar por culo, desgraciado!!!

    -Hala, hasta luego Lucas.

    Salió del despacho dando un portazo y echó a correr. Sus lágrimas se mezclaron con la lluvia.

    Iría a casa a toda prisa, se daría una ducha, se tomaría un Valium y se metería en la cama. Los forlayos habían empezado a gritar de nuevo.

    9

    Minglanillas se dio por vencido. Asumió la situación y empezó a trabajar duro; grapó diferentes vistas de la simulación 2D de ShopMaster a la pared de su oficina y empezó a trazar líneas en sus papeles en blanco.

    Aquí se ven seis escaparates, pues tienen que estar separados por cuatro paredes. Aquí pongo otras cuatro, entonces en medio pongo el pasillo. Puertas. Aquí pongo las puertas. Esto irá en moqueta roja. Aquí un cuarto de baño, aquí un trastero… en este hueco pongo una columna para sostener el tejado.

    Ocho días pasó Minglanillas encajándolo todo. Envió a Fuckowski el desglose de los planos: Diez columnas, veinticinco puertas, treinta claraboyas, cuarenta secciones de pared, ciento veinte secciones de moqueta, veintidós ventanas correderas, y multitud de accesorios. Fuckowski comenzó el análisis técnico, y sugirió que se nombrara a un sustituto para cubrir sus vacaciones.

    El lunes a primera hora Fuckowski embarcaba a Zurich por la puerta A69 mientras Monchito recogía el equipaje en la cinta 13.

    10

    Monchito no tenía la más puta idea de aproximadamente nada en absoluto, pero su actitud era muy positiva. Minglanillas estaba encantado; jamás obtuvo un no por respuesta. Haz esto ahora, esto tiene que estar mañana a primera hora, esto es máxima prioridad, esto también. Monchito no rechistaba; por cada difusa especificación del arquitecto se pegaba cuatro o cinco horas navegando por la red, descargaba algún análisis técnico parecido, cambiaba medidas y cantidades, lo imprimía todo y entregaba un folio a cada albañil.

    Nunca llegaba al hotel antes de las doce de la noche. Clarisa tampoco; al terminar su turno de recepcionista se iba al despacho de Minglanillas y le ayudaba en todo lo que podía. Ellos sí que sabían lo que era el trabajo en equipo.

    Diecisiete coma dos maridos maltrataron a sus mujeres, el precio de la vivienda subió un ocho por ciento, los tipos de interés un tres, veintidós moros se ahogaron en el estrecho, Quiquito fue expulsado de la casa de Gran Hermano, y finalmente, para gloria de la humanidad, ShopMaster estuvo terminado.

    11

    Al regreso de Fuckowski estaban dándole la última capa de pintura a la fachada; había quedado idéntica a la simulación. El primer gran proyecto de Minglanillas ya era una realidad.

    Dio comienzo la fase de pruebas: Fuckowski debía inspeccionar todo el edificio y listar las más que improbables incidencias. Minglanillas le abrió las enormes puertas con una gran sonrisa, pensando: a ver qué tienes que objetar ahora, pequeña cucaracha sabelotodo.

    Fuckowski salió de allí a la hora y media con un ataque de risa histérica. Intentaba decirle algo a Minglanillas, pero no podía pronunciar palabra. Rió, lloró, se revolcó por el suelo y a punto estuvo de ahogarse.

    Le trajeron un vaso de agua, y finalmente pudo hablar:

    -Bueno, en principio tres incidencias menores. Nada, poca cosa. A) Las puertas se abren hacia fuera y bloquean el pasillo, B) no hay tuberías que desalojen los residuos, la mierda, vaya, y C) no hay instalación eléctrica. Creo que voy poner una tienda de pilas alcalinas aquí al lado; en dos meses me compro una isla en el Caribe.

    Dos palomas picoteaban a los pies de Minglanillas. La cosa estaba jodida.

    12

    La reunión de crisis duró tres horas y media. Minglanillas exigía una estimación del tiempo necesario para solucionar las incidencias, y Fuckowski sostenía que lo que necesitaban era una demoledora porque aquello no lo arreglaba ni Perry Mason. Dieron vueltas y más vueltas sobre lo mismo, hablaron de reusabilidad, refactorización, las pirámides de Egipto, los esclavos, se mentaron a las respectivas madres y se arrojaron documentos con sus pisapapeles, pero no consiguieron llegar a un acuerdo.

    Minglanillas, el Niño de las Chispas, se puso la montera y sacó el capote, y Monchito y Clarisa subieron a lomos de sus caballos con sus sombreros de picadores, pero Fuckowski (setenta y cinco kilos, ganadería de Pito del Sereno) tenía ya los cuernos retorcidos y luego de un par de verónicas abandonó la plaza sin que le pusieran ni una sola banderilla. Minglanillas dio la vuelta al ruedo y se fue a su oficina a ponerle una velita a San Cipriano.

    En la soledad de su despacho, Minglanillas abrió la guía Zen buscando iluminación. Leyó y leyó desesperadamente, pero no encontraba la respuesta. Estaba a punto de perder la esperanza cuando de entre las páginas algo cayó al suelo.

    Se hizo la luz. Era la Business Card del señor Smith.

    Con un dedo tembloroso marcó el número, respiró hondo, carraspeó, y una vez intercambiados los saludos de rigor, Minglanillas expuso la situación de la forma más objetiva que pudo.

    Fuckowski lo había jodido todo. Su actitud había sido reticente desde un principio, no había colaborado en nada, se había mostrado inflexible, se había negado a echar horas, había sido extremadamente grosero con el equipo, se había ido de vacaciones cuando más se le necesitaba, y ahora se negaba a solucionar las incidencias. Estaba cometiendo el peor de los pecados: la no creencia en el proyecto. ShopMaster corría peligro.

    La respuesta del señor Smith le heló la sangre. Minglanillas le dio las gracias, colgó el teléfono y rompió a llorar.

    Le enviaba al Escorpión Rojo.

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    Muchos pensaban que el Escorpión Rojo era una leyenda urbana. Todos habían oído hablar de él, pero pocos lo habían visto.

    El martes a primera hora, multitud de curiosos acudieron a recepción. Minglanillas, Monchito y Clarisa esperaban en la entrada con sus mejores sonrisas.

    A las ocho cero cero, las puertas automáticas empezaron a abrirse lentamente.

    Se hizo el silencio. Ante ellos, el mito: Estela, Mike y Marc, la división Escorpión Rojo, elite de la consultoría, en perfecta formación triangular. Estela al frente, toda ella gabardina azul de tres cuartos a juego con sus tacones y sus guantes de cuero; Marc y Mike detrás, elegante simetría de chalecos negros y zapatos italianos. Una sola palabra lo inundaba todo: escoba.

    Clarisa les dio la bienvenida. El Escorpión Rojo, sin romper nunca la formación, atravesó las instalaciones justo por la bisectriz, desfilando en dirección al recién construido edificio. El sepulcral silencio fue perforado por el armónico rodar de las tres pequeñas maletas y los autoritarios taconazos de Estela, precisos cual metrónomo japonés. Comparada con Estela, Ivon era una palurda con calculadora.

    Entraron a ShopMaster. Los tres consultores miraban rítmicamente a izquierda y derecha, comprendiéndolo todo a su paso. De vez en cuando intercambiaban alguna frase en inglés o alemán, a pesar de que los tres eran de Soria. Estela era la más entusiasta: caminaba con los ojos abiertos de par en par, se fijaba en cada detalle y todo le maravillaba. Mirad, ¡ventanas de doble acristalamiento! Oh my god! A cada paso soltaba un ¡oooh! y un ¡ah!. Parecía que llevase unas bolas chinas metidas en el chocho.

    Mike llevaba largas patillas y un peinado con cresta que le daba un aire de diablillo ingenioso. Cuando hablaba Estela, Mike asentía sonriente con una ceja levantada, como si siempre llevase un as en la manga. Nada como el PVC, decía ella. Si supieras por dónde van ya los alemanes, replicaba él.

    Marc, cabello rubio barnizado, solía responder a ambos simplemente con un gesto. Extendía las dos manos y las bajaba lentamente. Tranquilos, niños (algún día dirigiré todo esto). Minglanillas le observaba con absoluta admiración y pensaba: mierda, ese gesto… ¡ese tipo es doble arquitecto!

    Ninguno de los escorpiones era guapo, pero se comportaban como top models. En el siglo de la estupidez, todas las casas se empezaban por la fachada.

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    Después del análisis ocular in situ, los escorpiones se encerraron en un despacho. Cubrieron toda una mesa de juntas con documentos a color, acoplaron sus portátiles, y se pusieron manos a la obra.

    Durante seis días y seis noches trabajaron sin descanso. Estudiaron la casuística, identificaron con éxito todos los weak points, listaron los use cases, conexionaron sinergias, corrigieron desajustes sectoriales, crearon métodos idempotentes, aplicaron estrategias de convergencia, generaron documentación IEEE compliant, y pidieron pizza.

    ¡Oh! Nada como la mozarella holandesa…
    Ja, si supieras por dónde van ya los italianos…
    Tranquilos (algún día dirigiré todo esto)

    Una tarde, Estela salió a dar un paseo. Se sentó en un banco del jardín, encendió un cigarro y fumó despacio. Su mirada atravesaba el rimel y se perdía en el infinito de sus reflexiones.

    Allí donde la mujer quiere llegar, de allí parto yo… Todo lo que la mujer desea se da en mí. Yo soy la ambición y el éxito, yo soy el fin del camino al futuro.

    Pronto me saldrá polla.

    Y será más grande que la de Mike.

    Clarisa la miraba desde recepción. Anochecía. Tenía que aprobar ese examen.

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    La solución óptima a las incidencias fue enviada a todo el equipo en formato Power Point.

    SOLUCIONES ESTRATEGICAS
    PROYECTO SHOPMASTER
    División Escorpión Rojo

    PUNTOS CLAVE:
    1. Apertura inversa de puertas delimitadoras de sectores
    2. Sistema de desalojos residuales divergentes no integrado
    3. Suministro energético no inherente a la infraestructura

    SOLUCION:

    Aplicar metodología SmartShopping®

    1. En el mercado de la convergencia, la información es el valor añadido. Por ello se hace cada vez más necesaria la protección de datos. SmartShopping® incorpora el sistema ProtectedSpace®, que bloquea el acceso al canal común (el pasillo) en todas las operaciones de entrada/salida, asegurando así la total privacidad de los datos en cada sector. Tan sólo es necesario un sistema de semáforos que controle los accesos concurrentes al canal común para evitar interbloqueos.

    2. La ineficiencia de los sistemas integrados de desalojo de residuos ha sido recientemente demostrada. SmartShopping® incorpora la tecnología GarbageCollector®, que elimina residuos de forma externa y bajo demanda. GarbageCollector® solo opera cuando se le necesita, consiguiendo un uso eficiente de los recursos. Debe implementarse un sistema de semáforos que indique cuándo deben desalojarse residuos de cada sector, sincronizado con el sistema de señales de ProtectedSpace®.

    3. Los suministros energéticos inherentes a infraestructuras provocan una total dependencia de la plataforma, debiendo situarse el hardware siempre cercano a los puntos de acceso al suministro, vulgarmente denominados enchufes. Esto dificulta enormemente el cambio rápido del look and feel de cada sector, imprescindible para adaptar la decoración a las siempre cambiantes tendencias. SmartShopping® incorpora el sistema VirtualPlug®, consistente en un set de baterías recargables fácilmente reposicionables. Con VirtualPlug®, la posición de los puntos de acceso es totalmente customizable. Se necesita un sistema de semáforos adicional que indique qué baterías se encuentran en estado crítico, sincronizado con GarbageCollector® y ProtectedSpace®

    Hoy por hoy, podemos asegurar que SmartShopping® marcará las tendencias de los mercados del mañana.

    Y el Escorpión Rojo se quedó tan ancho.

    El feedback no pudo ser más positivo. Todos se deshicieron en elogios a excepción de Fuckowski, que respondió con un mail en blanco con Subject: >>CUÑAAAAAAAO!!!!

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    Se implementaron las soluciones y se integraron los sistemas de semáforos. ShopMaster quedó repleto de pequeñas baterías con ruedas y lucecitas de colores. El pasillo se asemejaba al interior de una nave espacial, con todos esos centelleantes indicadores.

    Se preparó minuciosamente el plan de pruebas. Decenas de becarios ocuparon las posiciones indicadas. Uno de ellos tuvo el honor de desempeñar el puesto de GarbageCollector®. Le dieron un cubo y una pequeña pala y se dedicó a hacer la ronda por los retretes recolectando residuos.

    En la primera prueba hubo un pequeño percance: al atravesar el canal común, el GarbageCollector® tropezó con un VirtualPlug® y se estrelló contra un ProtectedSpace®, incrustando la cabeza en el cubo de la mierda. Salió de allí corriendo, todo marrón, y nunca más se supo de él. Algunos le oyeron gritar: ¡que le den por culo al mantenimiento técnico!

    El siempre despierto Escorpión Rojo identificó la necesidad de diseñar un curso de formación para nuevos usuarios de SmartShopping®, dado lo novedoso de la metodología.

    El señor Smith consiguió que el curso lo subvencionara la junta, con lo que se embolsó quince millones a cambio de dar esperanza a trescientos parados.

    Minglanillas le hizo el examen a Clarisa. Fue un examen oral. Ella lo pasó sin problemas y se fue a comprar pictolines.

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    En total cuatrocientas personas asistieron al curso impartido por la recién constituida división Águila Dorada: Clarisa, Monchito y Minglanillas. Fuckowski, en su eterna necesidad de despreciar toda elite, los rebautizó como el pollo amarillo.

    Casi todos los asistentes pensaron que la tecnología SmartShopping® era demasiado compleja; no entendían por qué tenían que esperar a que un semáforo se pusiera verde hasta para ir a cagar. Pero supusieron que SmartShopping® era para empleados inteligentes, y como nadie quería parecer no capacitado para el posible puesto de trabajo, no se habló del tema.

    Álvaro se encontraba entre los asistentes. A veces Clarisa, entre diapositiva y diapositiva, le echaba una mirada maliciosa y seguía hablando de la protección de datos y el uso eficiente de recursos como si toda la vida se hubiera dedicado a ello. A ella le encantaba estar por encima de él. A él no le gustaban esos ruidosos tacones nuevos.

    Al finalizar el curso se repartieron cuatrocientos diplomas acreditativos. Uno de los desempleados fue contratado como GarbageCollector® y al resto le fueron enviadas cartas agradeciéndoles la asistencia, informándoles de que su currículum permanecería durante seis meses en la base de datos de Teddybear Consulting, y deseándoles suerte en todo lo que emprendieran.

    El mismo día de la inauguración, ShopMaster salió a bolsa. Todos los directivos de Teddybear tenían en sus contratos una cláusula de opción de compra sobre acciones en más que ventajosas condiciones. En concreto el señor Smith compró quince millones en acciones de ShopMaster.

    La inauguración fue apoteósica. Se habilitó un escenario frente al reluciente edificio. Junto a él se colocó un enorme cartel publicitario que mostraba el logotipo de ShopMaster sobre un fondo de nubes y un montón de gente feliz que señalaba al cielo como si lloviesen billetes de 500.

    El señor Smith, situado entre el Escorpión Rojo y el Águila Dorada, obsequió a la audiencia con un elocuente discurso sobre la excelencia profesional, que culminó con un “hoy por hoy, podemos asegurar que ShopMaster sentará las bases del futuro del comercio”.

    Cortó la cinta roja y todo termino en una orgía de aplausos y confeti.

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    En los meses siguientes el valor de las acciones subió y subió hasta casi quintuplicarse, el señor Smith vendió su paquete embolsándose cincuenta kilos, y un siete de Agosto a las tres de la tarde ShopMaster fue declarado oficialmente en quiebra. En Cuenca soplaban vientos del noroeste.

    Se produjeron muchos despidos. Hubo un gran revuelo, el asunto incluso llegó a la televisión. Se retransmitieron imágenes de gente acampada frente a ShopMaster reclamando sus puestos de trabajo. Aguantaron casi cuatro semanas y finalmente volvieron a sus casas a intentar rehacer sus vidas.

    El último en abandonar fue un joven que pasó treinta días y treinta noches acampado en el jardín en compañía de un husky siberiano, que solo se separó de su lado para ir a buscar alguna botella de plástico y dejarla a los pies de su amo pidiendo juego.

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    Para adaptarse a las nuevas tendencias, Teddybear cambió de nombre y de domicilio fiscal.

    Corrió el rumor de que el cambio de nombre tenía algo que ver con la quiebra de ShopMaster; incluso se llegó a insinuar que las cuentas se habían estado maquillando durante meses para mantener el valor de las acciones hasta que la directiva hubiera vendido sus paquetes.

    Los documentos nunca aparecieron. Alguien dijo que el Escorpión Rojo había llevado a cabo una operación secreta en la que se destruyó toda la documentación. Pero la mayoría pensaba que el Escorpión Rojo no existía.

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    Minglanillas olvidó pronto todo ese asunto lleno rumores malintencionados. Él vivía con la mirada puesta en el futuro. Muchos otros tenían que quedarse a vivir en el pasado de Minglanillas, pero a él nada de esto le importaba. No hay que centrarse en lo negativo, decía la guía Zen. Eso era lo que hacían los Fuckowskis, por eso vivían cabreados.

    Salió del nuevo edificio de la empresa con su nueva novia y su nueva tarjeta de identificación. Abrió la puerta de su nuevo descapotable rojo e hizo entrar a Clarisa.

    Minglanillas tenía un don, sí. Todo lo que tocaba se convertía en mierda. Clarisa también tenía el don; sólo dios sabía lo que podía pasar si les daba por hacer el sesenta y nueve.

    Antes de entrar al coche echó un vistazo al nuevo cuartel general de la compañía. Era una preciosa fachada.

    En el jardín de la entrada había una estatua en bronce del señor Smith. Sobre la enorme puerta giratoria, el nuevo logotipo en letras doradas:

    FUTURE RAINBOW CONSULTING.

    Por todas partes revoloteaban palomas.