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    • Re: ¡Salvemos AlfredoDeHoces.com!

      Muy bueno!!! Yo fui de los que les hice un presupuesto 10 veces inferior y los seguidores me decían que me había flipado.(...)

      10/11/08 05:11 by Jordi
    • Que salven también a Sensu.es xD

      Yo también voy a tener que hacer lo mismo que tu, pedir dinero para financiar la web http://sensu.es, que me cuesta(...)

      10/11/08 05:11 by Irnomen
    • Re: ¡Salvemos AlfredoDeHoces.com!

      Te falta poner un "pesetometro" al uso y así poder medir cuán grande es tu rostro! pero no creo que alcances la(...)

      10/11/08 06:11 by Jorge E.
    • Re: ¡Salvemos AlfredoDeHoces.com!

      Ahivalahostia! He ido a echar mano de la cartera para donarte 2.0 euracos (que no es mucho, pero es lo adecuado a los(...)

      10/11/08 06:11 by Picacodigos
    • Re: ¡Salvemos AlfredoDeHoces.com!

      Estoy dispuesto a donar kilo y cuarto de zanahorias para insulflarle a tu proyecto la fortaleza de la hortaliza. Güi can,(...)

      10/11/08 06:11 by JRMora
  • De por qué me toca las pelotas el tema de los líquidos en los aviones

    Archivado en La columna por adehoces, 14 de Noviembre de 2006

    Al hilo de uno de los siempre interesantes
    “emilios” de mi buen amigo Emilio.

    Hay quien diría que veo las cosas de una determinada manera porque soy informático. Yo siempre digo que me hice informático porque veo las cosas de una determinada manera. Estoy firmemente convencido de que si las cosas se hacen bien, pues funcionan. Y punto. Evidentemente somos humanos y tenemos nuestras limitaciones, así que cometemos errores. Por eso existe la fase de pruebas. Lo que resulta frustrante es observar un sistema, aprender de sus errores, proponer una solución, y que se decida no llevarla a cabo, sin más. Y eso en el mejor de los casos, cuando los “responsables” al menos admiten el error. La mayor parte de las veces los errores ni siquiera se reconocen: se esconden bajo la alfombra del eufemismo (daño colateral, incidencia, sacrificio necesario) o se califican de sabotaje malintencionado aumentando la crispación general y fomentando la división de la sociedad atacando ad hominem a las voces críticas. Todos los sistemas defectuosos necesitan demonios, ya sea para culparles de los propios errores o para poder argumentar que “este sistema tiene sus fallos, pero las demás alternativas son aún peores”. En esta última frase se afirma implícitamente que no hay más alternativas que las ya conocidas, negando toda posibilidad de cambio o progreso. Cualquier otra idea se tacha de utopía. He aquí la piedra angular del conservadurismo.

    Además, hablar de sistemas defectuosos es ser muy benevolente. En muchos casos habría que hablar de sistemas injustos, donde los errores no son atribuibles al azar sino al interés y la mala intención. De hecho, en un contexto político interés y mala intención son casi sinónimos: si las buenas intenciones en política se dirigen al interés común y yo actúo en mi propio interés, tengo malas intenciones. Por eso la expresión “política de privatización” siempre me ha resultado un tanto contradictoria: la política se refiere por definición al conjunto de todos los individuos, y lo privado es inherente al individuo en sí. Que el capitalismo (al menos en la modalidad que ahora “disfrutamos”, donde aquello de las oportunidades para todos se queda en un mal chiste) cree aberrantes desigualdades sociales no es un “bug”; es su razón de ser.

    Total, que a mí esto de meter el botecito de espuma de afeitar, siempre de menos de 20ml, en una bolsa de plástico herméticamente cerrada de determinadas medidas, me parece un estúpido e incómodo parche, y los parches siempre se ponen para tapar los fallos del sistema. Que se inviertan miles de millones en “poner freno” al llamado “terrorismo internacional” pero que no se dediquen recursos a analizar en profundidad el por qué de su existencia y su actual intensificación, no es atribuible a la simple incompetencia de los gobiernos. No estamos gobernados por meros incompetentes; estamos gobernados por cabrones malintencionados. Igual por eso los lobbys patrocinan gobernantes que parecen idiotas: mas les vale que pensemos que el presidente ha cometido una idiotez que una injusticia a sabiendas y además pasándose por el forro presidencial el grito de la voz popular.

    Ya de entrada tengo problemas con el concepto mismo de autoridad. Pero bueno, casi todos acatamos las normas sin rechistar porque las sabemos necesarias para el bienestar común. Es cuando se empieza a sospechar que las normas se crean para bloquear el derecho del individuo a la represalia, para perpetuar la situación privilegiada de una minoría o para maximizar beneficios cuando empieza uno a pensar en fascismo.

    Por poner un ejemplo, me parece estupendo que se contrate personal de seguridad en un pub. Los violentos, por desgracia, pueden aparecer en cualquier parte. Pero si las zonas de ocio empiezan a convertirse por norma en campos de batalla hay que preguntarse por qué, pues ya no estamos hablando de una manifestación esporádica de violencia a manos de algún capullo incivilizado, sino de algo más profundo que hay que analizar y solucionar desde la misma raíz. Y luego está el asunto de la criba en la entrada. Aquí en Dublín, una capital de gente sencilla con catorce pubs por metro cuadrado, el personal de seguridad suele estar dentro del local, no en la puerta. Jamás he visto prohibir la entrada a nadie en tres años. Sin embargo en algunas zonas del centro de Londres me han llegado a prohibir la entrada en tres pubs consecutivos, y sin darme la más mínima explicación. Bueno, una vez un gorila me espetó un escueto “¿tú dónde te crees que vas?”. El baremo estaba claro: con traje sí, con vaqueros a la puta calle. Que me parece estupendo que si fulanito monta su garito y paga sus impuestos para reservar su derecho de admisión deje entrar a quien le se salga de los cojones. Pero obviamente el gorila no está ahí para protegerme a mí, sino la cartera del dueño del local. Que se argumenten “motivos de seguridad” para encubrir el más puro elitismo es una desfachatez como un templo. Y cuando esto no lo hace el dueño de un local privado sino un gobierno, es una aberración política.

    Hace años empezó la guerra de precios en las compañías aéreas. Se redujeron drásticamente los servicios y se convirtieron los aviones en tiendas volantes. Ahora hay que pagar 9 euros por un minúsculo sándwich, un botellín de agua y un “obsequio especial”: un Lacasito en un sobre. A mitad de vuelo la tripulación te ofrece joyas, relojes y gafas de sol. Yo hasta ahora me llevaba mi botella de agua en la mochila. Pero se acabó: ahora el avituallamiento hay que hacerlo en las tiendas del aeropuerto, donde todo vale un huevo. Qué oportuno. En breve nos contarán que se pueden hacer bombas imprimiendo páginas con tintas especiales que al mezclarlas se vuelven flamígeras y tendremos que comprarnos una copia “segura” del Código da Vinci dentro del recinto aeroportuario, no vaya a ser que a un tipo le de por juntar su Mortadelo clorhídrico con su New York Times sulfúrico y se monte la de dios es cristo.

    Yo es que intento imaginarme la estampa y me da la risa:

    -Azafata, dígale al piloto que ponga rumbo a la Casa Blanca. Lo más vertical posible.

    -¡Dios mío, tiene una Mirinda!

    Por lo menos en los cines no te ponen excusas. Las palomitas y la Pepsi se compran dentro, y si no te gusta te esperas a que salga el DVD o tiras del eMule (luego se quejarán…)

    Que no digo yo que igual esto de las bebidas no tenga todo el sentido del mundo. No sé, no soy ningún experto en explosivos. Pero que después de años y años de alzar la voz contra el imperialismo, de gritar hasta la saciedad “No a la guerra”, de poner en la medida de mis humildes posibilidades un granito de arena por la igualdad social, de pasar la vergüenza de ir por ahí con un pasaporte de un país que envió tropas a invadir Irak en mi nombre y que se meó en la ONU para bailarle el agua al la democracia petrolífera (país del que tuve que emigrar para poder respirar un poco y no pasar a engordar la larga lista de los “mileuristas”, aunque el señor Varsavski concluya que el problema del empleo precario en España es que somos unos memos envidiosos y antiprogresistas que no apoyamos frescas iniciativas sociales como su FON), después de apretar los puños y llorar de tristeza, impotencia y rabia contenida el 11M, de aguantar estoicamente que el señor Aznar suponga que el 14M no le voté por que me coaccionó Al-Qaeda, que después de todo eso uno vuelva a casa por Navidad y en el control policial le despeloten, le hagan un tacto prostático y le confisquen el frasco del gazpacho por si uno es un terrorista, pues sí, oye, me toca los cojones.

    Los programas de nuestros gobiernos cada vez me recuerdan más a los malos programas Java: un código mal diseñado y mal implementado, todo dentro de un enorme try/catch, y al final una lista interminable de captura de excepciones. Que sí, que las excepciones hay que capturarlas, en los aeropuertos o en donde sea. Que el control de errores es necesario. Pero cuando las excepciones se convierten en la norma hay que empezar a pensar que el programa es una puta mierda.

    Una vez le envié a un manager un documento enumerando los múltiples defectos de una aplicación desarrollada por la empresa y una análisis bastante detallado con un montón de mejoras que convertían el engendro aquel en un producto simple y de fácil manejo. Su respuesta: “es que si se lo ponemos muy fácil no nos contratan el soporte”. Da que pensar.

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