El Commander
Archivado en Fuckowski, memorias de un ingeniero por adehoces, 20 de Setiembre de 2006I.
Entre mojito y mojito Antonio me contaba el plan para el día siguiente: volar en avioneta hasta Almería desde el aeropuerto de la Axarquía. Pilotaría Mr. Peckam, un señor inglés de unos setenta años que había comprado una avioneta hecha pedazos y la había puesto a punto él mismo, destornillador en mano. Dicho así, el plan no me resultó muy atractivo; ya me veía a la Guardia Civil buscando mis piños por la playa de La Herradura. El cacharro de Mr. Peckam era de cuatro plazas; Toni también se unía a la fiesta. Decidimos apurar los vasos e irnos a dormir inmediatamente para estar despejados por la mañana.
-Buessentonces hasstabañada, tío –dije cinco mojitos después.
Me fui a casa, me quité la careta de chiste de Forges y me metí en la cama a soñar con avionetas destartaladas, politraumatismos encefálicos y quemaduras de cuarto grado. Al poco rato sonó el despertador.
II.
Salí a desayunar con Antonio. Dos zumos de naranja y dos bocatas de jamón serrano más tarde todavía no lo veía muy claro.
-Nada tío, no te preocupes, que el señor Peckam ha sido ingeniero.
Ah, pues entonces sí. Algunos momentos de mis diez años ingenieriles desfilaron por mi mente: inspirados análisis, estupendos diseños, pomposidad, mucha documentación, sonrisas de autosuficiencia, codificación impecable, infalibles planes de pruebas, y en la demo el cliente mete usuario y contraseña y zas, Null Pointer Exception y a casita con el rabo entre las piernas. Y una demo fallida pues todavía, pero como el Null Pointer le de a la avioneta en lo que es el mismo estabilizador de la biela del cigüeñal, ya me dirás tú…
-Como el tío lleve corbata echo a correr sin mirar atrás–dije.
Toni nos recogió en su coche. Llegamos al aeródromo en pocos minutos, salimos del vehículo y esperamos a pie de pista a que llegara la avioneta.
Yo esperaba que en cualquier momento apareciese de detrás de los hangares un cacharo destartalado, vibrante y saltarín dejando un reguero de tuercas entre chirridos de engranajes oxidados, petardeos humeantes y toques de claxon con la musica de La Cucaracha. De pronto se descolgaría la hélice y saldría de la cabina un entrañable abuelete parecido a Harpo Marx, colocaría la hélice en su sitio, nos sonreiría con cara de aquí no ha pasado nada y nos indicaría que subiésemos con un par de toques de su bocina.
Pasaban los minutos y yo preparaba mentalmente las últimas palabras para mis seres queridos. ¿Cuántos SMS´s me daría tiempo a enviar durante una caída en picado? Algunas frases se iban formando solas en mi cabeza: “que sepas que siempre te quise aunque toda la vida fui un poco capullo”, “adiós, gracias por todo, por favor, nunca dejéis que mi perro se sienta solo”, cosas así.
Al momento apareció, flamante, el Commander (así había bautizado el señor Peckam a la criatura). Por fuera estaba como nuevo. Pero bueno, eso era sólo la css. Lo que me preocupaba era la implementación.

Al menos la matrícula no era 4 8 15 16 23 42
El señor Peckam se apeó del avión y nos saludó efusivamente. Antonio hizo las presentaciones:
-Toni, Alfredo, este es David Peckam. Habla muy poquito español.
-He empezado a aprender ahora –dijo.
Con dos cojones. Yo dejé las clases de alemán con veinticuatro años porque pensaba que ya era demasiado tarde.
La mirada de David rebosaba inteligencia. Era una mirada limpia, profunda, valiente, afirmativa. En David la edad se convertía en una mera cuestión técnica, una cifra escrita en alguna parte. No había en él nada de lo que normalmente se asocia con la denominada “tercera edad”. (Mira que nos gustan los eufemismos: hombre Paco, cuánto tiempo, ¿como está tu mujer? Pues ya ves, dos años lleva ya en la quinta edad, ahora mismo iba a ponerle flores…)
Nos fuimos al bar mientras David cargaba combustible y le hacía el chequeo rutinario a la avioneta. Entré directo al servicio y mientras meaba eché un vistazo al ventanuco y consideré seriamente darme el piro. Tiré de la cadena y descarté la opción.
III.
David entró al bar: había llegado el momento de la verdad. Apuramos nuestros cafés y volvimos a pista. Todo estaba preparado para el despegue. Subimos al Commander.

Aunque no lo parezca, estaba acojonao
El trasto comenzó a rodar muy despacio. Encaramos la pista. David hizo una serie de comprobaciones de última hora. Verificó indicadores, ajustó controles, se aseguró de que las puertas estuvieran debidamente bloqueadas y nos indicó que nos abrochásemos los cinturones.
-¿Estáis preparados? -preguntó.
Volví a mirar a la pista. Parecía interminable. Tuve la sensación de tener frente a mí el resto de mi vida. Y entre ella y yo, el miedo. Entonces lo vi claro. Cerré los ojos, respiré hondo y me dije: este es el momento de echarle valor al asunto. Quiero volar.
-Preparado -dije.
Antonio y Toni levantaron los pulgares. David agarró los mandos. Rodamos por la pista ganando más y más velocidad. El Commander empezó a vibrar y a rugir, majestuoso, como un gran tigre justo antes de saltar sobre el fuego. Yo apretaba los dientes. Mi corazón latía con fuerza.
De pronto toda la potencia contenida del Commander se liberó. Las ruedas se despegaron de la pista y comenzamos a elevarnos. Vitoreamos a David y aplaudimos con ganas. Estábamos en el aire. El miedo se había quedado en tierra.

Volando tranquilamente hacia el sol
David maniobraba con una habilidad pasmosa. Consultó el plan de vuelo, ajustó el rumbo, y soltó los mandos.
-Esto va sólo -me explicó-, simplemente hay que corregir la dirección de vez en cuando.
Claro, todo va sólo. Una vez que le has echado cojones y has conseguido despegar. Así es la vida. La vida es lo que hay después del miedo.

David Peckam, capitán del Commander
IV.
Fuimos bordeando la costa. Sonreíamos y disfrutábamos de las vistas. Allí arriba el cielo y el mar se fundían; el horizonte lo teníamos que imaginar nosotros. Jugué a adivinarlo entre las nubes, a darle forma mentalmente. Al final me decidí por la nada: era la forma más bella.

Un hermoso vacío azul
De vez en cuando me volvía hacia mis amigos. Nos hablábamos sin decir nada; bastaba con mirarnos y asentir levemente. Sí, todos estábamos flotando en la misma sensación. Son muy pocas las veces en las que dos almas se encuentran de verdad en el mismo sitio, y allí estábamos los cuatro, compartiendo una única sonrisa.
En algo más de media hora sobrevolábamos Almería. Comenzamos la maniobra de descenso. Era una tarde limpia de Agosto; la luz del sol reposaba sobre un mar verdoso, minúsculas hormigas circulaban por las carreteras, un crucero descansaba en el puerto. La vida seguía su placentero curso y nosotros flotábamos sobre una calma espesa y templada.

El mundo duerme la siesta
David aterrizó con maestría. Mientras recorríamos la pista caí en la cuenta de que no estábamos en ningún pequeño aeródromo. Cuando nos bajamos del Commander vimos despegar un avión de Iberia.

Como Pedro por su casa
Llegamos a la terminal y nos metimos por entre las cintas de equipaje. Varios operarios ataviados con monos de trabajo y chalecos reflectantes cargaban maletas, y allí estábamos nosotros, en bañador y chanclas, toallas al hombro cuales domingueros. Atravesamos un corredor, y al ir a cruzar la puerta de salida nos asaltó un vigilante de seguridad que nos miraba con los ojos como platos.
-¡Oigan! ¡Oigan! ¿Pero ustedes dónde van?
-A ponernos hasta el culo de cigalas, buen hombre.
Nos acompañó a un mostrador y nos hizo rellenar unos papeles. Salimos a la calle y cogimos un taxi. Al chiringuito, por favor.
V.
Las cigalas sabían a mar, a verano, a victoria. Una brisa salada se colaba por la ventana, una brisa con regusto a arena húmeda, a madera vieja curtida por las olas, a restos de pescado, a gaviotas. Vaciábamos doradas jarras de cerveza y charlábamos animadamente.
Entre bocado y bocado David nos contaba su vida: nacido en el 41 en Inglaterra, se hizo ingeniero aeronáutico, trabajó allí algún tiempo y luego le destinaron a Oriente Medio. Escuchamos con especial atención mientras nos relataba cómo después de catorce años en Kuwait había tenido que salir cagando leches el día de la invasión.
Dicen que tras la jubilación con frecuencia sobreviene una crisis. El día que se retiró, David se fue a Alemania con su buen amigo Ian Whittle, hijo de Sir Frank Whittle, el inventor del motor a reacción, a comprarse una avioneta. Acto seguido se vino a vivir a España (a una casa en el monte donde no llegan las líneas telefónicas), le sacó las tripas al trasto y se pegó dos años para reconvertirlo en el Commander. Hacía un par de semanas había hecho la Vuelta Aérea a España con él.
-Ahora estoy pensando en comprarme un barco, pero antes quiero pasar una temporada en el Sahara -nos contó.
-¿En el Sahara? Pero ahí la cosa está un poco jodida -le dijo Antonio.
-La vida es para vivirla; si te estrellas, recoges los pedazos y empiezas de nuevo.
Me he tatuado esa frase en el alma a costa de repetírmela mentalmente. El día que la olvide, con toda seguridad me sobrevendrá una crisis.
Tras una prolongada sobremesa nos fuimos a la playa a tomar un rato el sol. No teníamos mucho tiempo, había que volver con buena luz (David aún no sabía volar a oscuras). Tumbados sobre la arena hablamos de mujeres. David era viudo; un cáncer se había llevado a su esposa hacía muchos años. Aquello le destrozó. Él recogió los pedazos.
VI.
Aterrizamos en la Axarquía en medio del crepúsculo. En el hangar nos esperaba Margaret, la guapa compañera de David, con unas cervezas bien frías. Brindamos y nos sentamos a beber con los últimos rayos del sol.
Sentado en aquel hangar los minutos pasaban lentos. Eché una mirada al Commander y no pude evitar pensar en mí mismo, en cómo a mis apenas treinta años en ocasiones me siento viejo, gastado, oxidado, incapaz de remontar el vuelo. Qué ridículo. La próxima vez que me sienta así me sacaré las entrañas y me reconstruiré pieza por pieza: aquí un poco de sol, allí un poco de arena, una capa de brisa salada y espuma de mar, un atardecer azul salpicado de buenos recuerdos.
Bebíamos despacio mientras la noche caía sobre nosotros. El cielo se iba poblando de estrellas, los grillos empezaban a cantar tímidamente. La vida renacía.
El horizonte seguía sin tener forma.
Con ellos es fácil encarar la pista.









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